miércoles, 21 de diciembre de 2016

Mierda de forma de festejar navidad.

Cuando Paula entro en el bar y dijo «Feliz Navidad»,
él se levantó y le dio un beso en la mejilla. Y le ofreció una silla.

Póngase usted en mi lugar. Raymond Carver.


La navidad no se ve,
algo me hace pensar
que tiene pena de niños;
de esa de ser descubierta
jugando en mitad de un acto solemne.

A lo mejor este año
sí nos matamos de más
y yo –personalmente,
no debía de haber dicho tantas palabras
estando fuera de forma y de foco.

Quizá por eso no sale;
cualquiera se arrepiente
de ir de visita a algún cementerio
y recuerdo esa vez
en la que fui muy borracho a tomar comunión.

Yo le pido a Román
que me ponga aceitunas,
que me corte el café
y se olvide del pan.
Seguimos en ceremonia;
pero ninguno recuerda por qué
o para qué.
Un trovador te diría
que hay alegrías por vicio
o llamaría a romper
con cualquier vieja rutina.

La navidad se nos va
y se oculta,
padece la moda
de las consciencias altivas.
Decidido a encontrarla
me subí a la azotea
y no pude apuntar con mi charpe
a esos hombres-barriga enfundados en rojo
que antes hicieran de perros guardianes
en las casas de ricos y famosos.

Todo su rastro de noche,
con una estrella vigía,
la canción del jengibre  
y los brillos de esferas,
se ha quedado en la cama con fiebre.
La navidad alega tener pesadillas
y no quiere aportar el cinismo
de poner una noche de paz
en mitad de este duelo
que nos dura la vida…

Los almacenes de ofertas,
que anestesiaban la hiel
en multitudes de gente,
se han convertido en desiertos
donde los necios caminan condenas.

Se está rompiendo la voz
que hacia alejar a los gritos
de las ciudades en llamas;
algo de culpa tuvimos todos:

Es lo que me digo
al ver el noticiero
con mi gorrito de santa
y ninguna otra cosa nueva.

Omar Alej.

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