martes, 13 de diciembre de 2016

Carta a un dios; desde un hombre vivo.

“Isak Dinesen dijo que ella escribía un poco cada día,
sin esperanza y sin la desesperación.”

Escribir un cuento. Raymond Carver.



No creo que quieras saberlo;
pero por si acaso se diera
te puedo contar
que alguna vez he bebido
hasta perder las muelas,
literalmente:

Nunca hago bromas
sobre lo que no es importante.

Así es como he tenido que morder,
con los puños apretados
y lo mejor que puedo decir sobre mi
es que le he escrito una carta a mi padre
y que aunque no lo conozco
-aún si jamás se mostró por encima
de mi indiferencia,
me ha sido fácil pensar en él
como un hombre promedio
que llega o se va:

En tales momentos, el respeto
debe carecer de admiración
y de cualquier instinto de preservación.

Tenemos claro que para brindar
hay que mirarse a los ojos
tener encendidas voces de campanas
que doblan por cualquiera;
pero hay muy poco, tan oscuro
como la sensación de estar mirando
mientras alguien o algo más te observa…

Como podrás suponer
no me licencié de ningún estudio
ni en proyectos de fe
más allá de los cuentos.
Tuve historias de amores
que eran lo de siempre,
corazones que hablan al mundo
y contra el mundo.

Ya ves,
quería ser poeta
y no sé ni decir
lo mucho que duele
quedarse parado,
mirando partir a quien fuera tus alas.

Yo en tú lugar
querría alegar gravedad;
pero me he hecho grande,
la ropa más grande,
la lentitud más grande
y unas miserias bien grandes.

Qué pena
no poder decir
que he aprendido contigo
la medida inexacta del tiempo.

Lo aprendí de otros modos,
guardándome vivo
y temiendo del sitio
a donde estaba la cura;
esperando
en un solo pasillo, para todo un hospital.

Aquí mismo,
donde no sueles estar,
por estar en todas partes,
debemos irnos a veces,
recibir el golpe y seguir.

Todo vendrá mañana o no,
da lo mismo:

Tú, por ejemplo.

Omar Alej.

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