viernes, 9 de diciembre de 2016

A las suertes vamos.


Sólo podemos llevarnos a la tumba la satisfacción de haber hecho lo mejor.

Raymond Carver.


Pareciera que no soy
ni he sido feliz,
hay quien dice que nunca cojo el pañuelo
y que no me levanto del fondo de los vasos
donde bebo pereza.

Los liberales no consideran
la prostitución o la esclavitud
un movimiento;
pero cuatro semanas atrás
fui con los siameses,
Cesar y Alfredo…

En un viaje a la playa
pintamos una carretera
de peajes abiertos
y partimos en busca
de un calor compartido.

Con 34 años
no puedo dejar de tener 25.

Cambiamos,
por un maletero
lleno de toxinas
(capaces de alar a los perros
de la madrugada),
nuestras ceremonias
y lo que decíamos saber
de no saber nada.

Intento sostener algo que me sostenga.

Por favor
-por ironía,
no seas tan flojo.
A las suertes vamos,
no vienen a nosotros;
también me dijo
que la belleza es un tesoro -¡gaey!-
enamorado de los buscadores de tesoros.

Se llama Vallarta
el confín de la guerra,
donde la infantería
se toma el pulso con hielos;
no suenan alertas,
suenan las olas del bajo mar:

Tan solo el sonido
de algunas canciones de amor
que no apenen demasiado.

Pensé que si le sacábamos brillo
al polvo de nuestro barrio
podía quedar en blue.

Nunca he vestido tan joven,
en casa capaz que no me reconocen.
Me hubiera quedado;
pero mantenerme
es un pecado bueno
que sale muy caro.

La luna en fotografías
todavía luce
como la forma en mujer
de la ropa arrugada.

Volvimos a tierra,
mis interiores y yo.
Sueño con la noche
en la que la besé
y ella me besó.

El hijoputismo está en cama,
se orinó encima,
se orinó en la sala.

Todos quieren ser jóvenes.
Ser joven vende la idea y la compra,
serás tan divino,
alejado del hijoputismo.

Le duele la cabeza;
ningún chico a la mano,
para descargar su dolor
en espirales de dudas.

Las tumbas de los siglos por la mañana
ante mi propio vómito,
donde el sol;
cuando estábamos juntos.

Luis y yo habríamos
tocado medusas
-ya sabes, por probar-
ahora el sonido de la máquina de escribir
hace mi trabajo, morirme sentado
naciendo al fin de mis facultades.

El hijoputismo está en cama,
es mala suerte que los nenes tengan que comer
comida tan cara.

Te amo,
es verdad;
pero haberme elegido
me hace desconfiar
de tus buenas intenciones.

¡Diablos!
No es un alarde,
el hijoputismo está en cama.
Este pudo haber sido un gran poema:

Ya no estamos juntos;
pero nos pertenecemos.

Omar Alej.

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