jueves, 10 de noviembre de 2016

El personaje que era muchos personajes.

Pero la bestia, lo que se avecina
es demasiado grande
-el tigre de los tigres-.
Es la muerte
y el gran tigre es la presa.

El tigre real, el amo, el solo, el sol... Eduardo Lizalde.


El personaje que era muchos personajes
buscaba el modo de hablar del señor Leonard Cohen,
eso era lo primero en la lista
de lo que un hombre de bien debería de tener.
Además los sombreros de Dylan, los que son voladores
y los que son para hacer -de la sala de estar, un lugar elegante
donde comparten piratas, vaqueros y reyes.

No sabe que hacer
cuando han matado a su planta, Tijuana,
¿se culpa a los gatos
o a los miserables que hacen fotos con ellos?
Murmura las claves de algunos secretos que estaban debajo
del piso, como una venganza…

Sale de su casa vestido de hoy con ropa de ayer
y al llegar al trabajo hace señales de béisbol
que dicen que vuelve a salir,
para fumar otra vez de la colilla sin apagar
que quedó sobre el cesto del apagafuegos;
así cree que lo haría un rebelde sin causa.

Todo está bien, para el personaje que era muchos personajes;
sabe que el dolor es un golpe que iba dirigido a quienes no están,
lo recibe por ellos y puede sonreír si la amenaza de muerte
la esgrime el olvido de quien ya solo fue lo que es.

Siempre ha querido que llueva,
es una pasión que no sabe explicar,
por eso usa las nubes con el modo moderno
de lo que era nostalgia.

No hay un solo tipo duro
que no haya sentido en el miedo ganas de ser como él,
camina a través del abismo haciendo batdance
y piruetas de swing que solo fueron posibles en Prince.

El personaje que era muchos personajes,
clava las uñas con ganas de amantes malditos,
besa las bocas con besos de un vago encantado,
se trepa a balcones con modos bandidos del norte,
ataca a los padres de niñas nerviosas
y apunta a la luz cuando copia los versos de Cesar Vallejo.

Quiere ser un hombre, llamarse poeta,
vivir por encima de la realidad y sus posibilidades;
quiere saber lo que hay en su alma, de este,
de aquel, de ti misma y de otros…

Con velocidad de un lobo veloz
acude al llamado de historias postizas
donde dioses falsos habitan en pueblos fantasmas;
no es tan importante llamarse Keith Richards
si a donde caes duro no es el Chelsea Hotel
ni el hotel plaza Francia.

Sus pasos de pez nadan en el aire
y quiere ser Wilde
y ama no serlo;
vive en costumbres de Martín Fierro
sobre un rascacielos, en la cabeza de quien pasó por ahí...

Y además
mataría porque lo llamaran Charles Baudelaire.

El personaje que era muchos personajes
se hizo un agujero con solo remiendos;
perdona cariño, se parece a mí.

Omar Alej.

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