lunes, 10 de octubre de 2016

Contra el hastio, a la luz de los días nublados.

Guárdalos tú, memoria mía, como eran.
Y cuánto de mi amor puedas, memoria,
cuanto puedas, tráemelo de nuevo
esta noche.

Grises. Constatino Cavafis.


Qué bonita era aquella niña
de la que no recuerdo su nombre.
Me inspiró este poema;
se fue gestando entre palabras
y quedaba siempre oculto
por la misma timidez que era de un cuento,
en la cara de aquella niña
de la que no recuerdo su nombre.

Me he partido en mi destino
intentando no saberlo
o cambiarlo
o dejarlo por la historia de una tarde
que fue el tiempo, todo el tiempo.

Sin embargo no he logrado
deshacer el crespúsculo que llega
y mancha todo de un perfume irrespirable.

He perdido los recuerdos de las noches en la laguna de chapala,
de las lunas en tu cuerpo, de las uvas en tus ojos
y del rojo de ladrillo
en la canción que se filtraba hasta mi celda
y que venia del grabador del guardia en turno.

Cada día soy corrupto
y en corruptelas de memoria
me supongo en una historia
que pudiera morder mucho o casi nada,
para re hacer la realidad
durante un breve centelleo de ceguera
a la luz de los días nublados.

Ya no he vuelto a encontrar
aquel pulso inocente de sentir,
volviendo del jardín de una casa abandonada;
todo es -después de años de buscar, encontrado
y tiene gusto a polvo viejo.

Las uñas si las cortas
vuelven a crecer después de un rato
y así las sombras a las que no terminé de nombrar
porque era tarde y tenía que dormir.

Pocas veces la llamé
y en mis cumpleaños no asistía,
era entonces una vulgar niña sin tíos que jugaran al béisbol;
pero hoy que el argot de la batalla no me sirve,
para hacerme una alegría, pienso en ella:

Qué bonita era aquella niña
de la que no recuerdo su nombre,
ojala que a ella la vayan dejando, para luego,
los hastíos.

Omar Alej.


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