viernes, 23 de septiembre de 2016

Se hace lógico matar cuando has matado.


"No había confusión. Hasta el detalle
más ínfimo nos era comprensible."

Bedford Street. José María Fonollosa.


Sospeché que había matado
porque dios en mi interior se había
hecho un hombre nuevo.

Normalmente
cargo con un costal lleno hierros
que junté durante un viaje al local de demoliciones;
son las herramientas que se usan
para armar a un Frankenstein de trece años
que ha sido atropellado:

Si la mente esta en mis manos
soy de ideas asesinas
que se imponen en la hechura
sin recato.

De extraño
-simplemente, tengo golpes de resaca
que me dictan a seguir sobre las huellas
de los chicos que se van por la mañana
con el culo en flor amado.

Cuando de esa tela negra salió el sol,
para advertir que estaba todo en su lugar,
yo estaba sonriendo
y cambiaba de manera mecánica los canales
en la televisión.
Quizá hubiera acabado el infinito
o tal vez solo un segundo de toda la eternidad
es lo que tenía por gastar en las ruletas de las horas
mis domingos.

Afuera un Chevy del sesenta
animaba los ladridos de los perros,
igual que las campanas llaman
al recuerdo de la culpa de quien se haya dado un beso
con su cara en el espejo…

Tuve tiempo de fumar
mientras pensaba que aquel auto
hoy por hoy era un trozo del amor
cuando el amor es un trozo
de la libertad individual de carcomerse.

De camino a la ciudad
recreé todo el olvido.
Los black out de mis excesos
suelen ir acompañados de descargas
de anguilas eléctricas en el pubis:
recuerdan que aún hay celdas por venir
y laberintos.

Cada palabra que yo hubiera dicho
se tornaba en una conversación inútil contra los silencios
que estarían sofocándome en Camboya.
Sospeché que había matado
y sentía pena, cierto desagrado por la dicha que reinaba
en las caras de un cartel promocionante.
Se hace lógico matar cuando has matado.

No hacen faltan ni poetas
ni maridos
ni gendarmes de la paz más exclusiva.
Mucho menos hacen falta los payasos multiusos
que te dan con frases hechas
lo que implica que te rompas por la espalda.

Hacen falta los verdugos
otra gente como yo
¡claro que sí!;
pero he vuelto al eco de la calle
a perseguir la fecha en la que vence el alquiler.
Ausentarme de las magias,
asignar pausa a la prisa
y esconderme en mis disfraz de gran hermano.

Terminé por escribirlo
y por contarlo,
intentaba regresar a mi inocencia
y no saber de qué estoy hecho.

Puedo ver lo que ha pasado,
lo que pasa justo ahora
y cada cosa que podría pasar;  
bendición es que la Negra no sea novia de solteros
y sí un instinto elocuente de adulterio.

Omar Alej. 

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