jueves, 29 de septiembre de 2016

La muerte no cambia.

Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo,
para que donde yo estoy, vosotros también estéis.

Juan 14: 3.


Justo ahora
un hombre ha muerto
y nada ha cambiado.
Cocinaba para sus amigos
truchas y dorados
sobre la brasa de carbones
recostados entre piedras.

Sumergido en la mañana
seguía arando la esperanza  
y cuando el sol rompía los restos
de la escarcha de la noche
grababa en los bordes de plata
una raya nueva del nuevo día.

Las mujeres lo han soñado
desde antes -en las cuevas.
Niños de todos los mundos
lo guardan en secreto
y en el lomo de una mesa
una ofrenda, para él, le puso el trigo.

Justo ahora
un hombre ha muerto
y nada ha cambiado.
Rompió su cara que llamaba
y se hizo un rostro que espanta
a quien camina con los puños apretados
por la bronca de su raza.

Se secaron las granadas
y las jarras de agua fresca se vaciaron;
la presencia que ahora falta
si se llega a aparecer
es una fuerza que empuja
y paraliza.

Los años de muertes
han levantado una capa de tierra
que no nos distingue de ellos.

Y aunque se ha ido
sin gesto de pena
ni queja ni horror,
justo ahora
un hombre ha muerto
y nada ha cambiado.

Siguen firmes los costados anchos de la muerte,
su verbena de matones
y la rapaz condescendencia de una vida
que promete dar lo que no tiene.

Justo ahora
un hombre ha muerto
y nada ha cambiado;
me alivia
y me enferma.

Omar Alej.

No hay comentarios: