lunes, 26 de septiembre de 2016

Destino de marino.

“Déjame que me pierda entre palabras,
déjame ser el aire en unos labios,
un soplo vagabundo sin contornos
que el aire desvanece.

También la luz en sí misma se pierde.”

Destino de poeta. Octavio Paz.


Ahí está él,
se le puede ver atizando el humo
de una memoria
que ahora envía señales confusas
sobre su paradero.

Sin saber si el futuro llegó o se ha ido.

Dice que vino siguiendo a la lluvia,  
que emprendió la huida adelante
como el maquinista
y que renunció a los tratados que había firmado
en nombre de la paz.

No es presunción si presume que se sobrepuso
a los días de llevar su cuerpo en pedazos
por los hospitales y las oficinas;
decidió que el camino
fuera lo que resolviera
sus vistas apagadas
y la semilla del sufrimiento.

Ya ha bebido las copas
que quería beber por la sed
de todas sus ausencias.
Ya ha besado las bocas
que quisieran besar
los hombres casados.
Ya consiguió
escribirla -la nada,
y tiene hechas las maletas
del oficio de ser un cobarde
buscando valías…

Incluso hay algunos
que lo reconocen
y lo llaman El Tren,
un escritor mexicano
que ha conseguido salir
y darse de cara ante el sol
sin quemarse.

Se hizo marcas de días acostado,
mientras fumaba hachís
con un editor portugués
que lo propulsaría
a través del espacio;
también despertó sin saber
quien se había llevado  
su manuscrito
de una nueva versión del Ulises de Joyce;
pero esta vez por joder.

Es soberano de su mente
y su tiempo.
Se afirma corriente;
pero un caballero de ilustrísimo anonimato.
Se salta las leyes de lo familiar
y sabe que empezó muy viejo
a ser un rebelde; consciencia mediante.

Con casi setenta
esta más joven que nunca
y es más hermoso
que cuando era un niño;

Pero antes de hoy
había vivido toda su vida
de espaldas al mar,
en el corazón de las ciudades,
en la piel del desabrido,
sin la sal.
Manteniéndolo en el fondo
su destino de marino.

Omar Alej.

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