miércoles, 10 de agosto de 2016

Pequeña tormenta en una quebrada pecera.


No soy nada.
Nunca seré nada.
No puedo querer ser nada.
A parte de eso, tengo en mí todos los sueños del mundo

Tabaquería*. Fernando Pessoa.


El automóvil luchaba  
porque detenerlo era irse
con la corriente bajando.
Entre el sonido del agua,
atacando en violencia,
las estaciones de radio
eran como el pulso del corazón
de una maquina muerta;

Pero algo se sesgaba
-quizá fuera el sabor
de la carne de gallina,
en aquel terror del cielo de agosto,
como un desierto de correspondencias.

Para ese momento
detrás de mí no quedaba destino,
el futuro había dado un coletazo
y estaba sumido entre las nubes negras
de aquella tormenta.

Las idas y venidas del limpiaparabrisas,
las caras de miedo que me imaginé,
las señales fundidas por un altercado de energía eléctrica
y los agujeros que ahora estaban llenos
por un lago breve que no duraría,
me hicieron pensar en mis tres palabras:

Cauto, pavor y mortal.

Donde estaban ahora esas bellas canciones
que bajamos de un árbol y mordimos en gustos,
como si fueran estrellas, es un cauce de deudas,
de caprichos y de luchas sociales
que debían acabar con uno mismo en la guillotina.

No me arrepiento, sé que fabulé
con una presencia perpetua
que hiciera conmigo como hacen los monos
y comernos los piojos…

Seguí conduciendo
y como no derrapé
tuve tiempo a decirme
que aquel monzón era el llanto
de olas que fueron azotadas por la luna,
como hice yo.

Recorrí los pasajes de instantes perdidos
a través de constantes cristales rotos
que desarmaban y armaban
la proyección de hombres al vapor
en un baño turco.

Estando en camino al nuevo fin del mundo,
la épica tonta de treinta y tres sombras
era todo lo que tenia
y además era fácil asumir que no pasa nada;
aún si todo termina por confundirse en la marejada
de los drenajes.

Alguna vez no hay más que miedo.
Se ajusta despacio,
como incubando recelos;
se viste en el cuerpo con la piel de las hojas,
trepida en la tráquea.
Lo provoca un detalle,
una inocencia
o los papeles quemados donde no ves tu nombre.

Cuando por fin llegué
la ciudad emergía de una quebrada pecera;
una pasión ahogada:

La soledad,
esa sí que lo sabe
y a nadie más le importa.
Omar Alej.

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