lunes, 22 de agosto de 2016

Mis propias erecciones.

“    Y la muerte
                                          nadie la oía
pero hablaba muy cerca del micrófono

Con careta antigás daba un beso a los niños”


Canción para Billie Holiday. Pere Gimferrer.  


Apenas el sol del lunes me da en la cara
estoy deseando se haga de noche.

Salgo temprano,
para poder ir despacio de camino al trabajo
y tres calles después me encuentro con un conocido;
cierto hombre de aspecto vivo,
con poco menos de cuarenta años,
que tiene un taller donde repara Volkswagen´s.

Quiero evitarlo
así que simplemente levanto la mano
y no le digo más;
pero me llama a su sitio,
me pide que le ayude a bajar un gris estuche grande
donde se guardan cañas de pescar;
este fin de semana -según me cuenta,
ha ido con familiares y amigos
a un lugar de pesca deportiva
en medio de un bosque.

<<También nadamos,
hicimos tirolesa y escalamos.
Todos estuvieron encantados,
pescamos peces enormes:
mojarras y truchas y dorados.
Después los asamos y comimos
ahí mismo, al pie del río>>

Lo iba diciendo,
mientras ponía en mis manos más cosas,
para bajar de su camioneta;
tenía un aire altivo
como si sintiera que era superior
a todos nosotros, para los que solo había sido
un fin de semana cualquiera,
encostrado en la rutina y el encierro.

<<¡Oh, eso está muy bien!
¡Qué maravilla!
¡Claro, claro; es lo que vale la pena!>>
Ese tipo de impresiones perezosas,
es lo que yo iba dejando;
según me contaba cómo habían superado 
el ataque de los moscos
o sus habilidades, para montar un campamento.

Él tenía razón.
Yo no era más que un paria
sumido en un sillón cada viernes hasta el lunes,
que intercambiaba posiciones
según fuera necesario abrir una cerveza
levantarme a orinar
o dormirme nuevamente…

Yo había estado detenido
por faltas a la moral y por desordenes
en plenas vías públicas
y una vez que no recuerdo, unos cuantos del sur trece
me habían abierto la cabeza a pedradas.
Tenía sueños donde atravesaba
el fin del mundo en un tren
que nos llevaba bajo tierra;
pero ni siquiera este domingo
-en el que había intentado
ir a desayunar y no pude resistir
sin desplomarme
las caras sonrientes de la gente,
me servía como excusa.

Siempre una parte envenenada
de los días se agitaba
y me había ido convirtiendo
en los sucios calzoncillos
de un motivo apagado:
en la cuchara al revés
con la que un borracho toma sopa.

Yo no era el hombre
hermoso en el que me iba a convertir 
al renunciar a todo;
tenia los ojos rojos
la torpeza, la indiferencia,
las insignificancias, el temor
y no, en mi todo aquello
no era hermoso.

Sin embargo me gustaba
no parecerme en aquel hombre;
me gusta no tomar parte de un cuento
sin detective acabado,
sin prostituta roída, en apuros.

Tenía sueño
y no hubiera querido permanecer ante la luz.
Mi piel sudaba
como un cartón humedecido
y aquel don mister winner
se pasaba por la cara las muñecas
desprendiendo un olor a fruta fresca
que me hacía recordar cosas como la pena capital
o los centros de rehabilitación.

<<La próxima vez
tienes que invitarme>>
Le dije.
Y con los pies entumecidos
empecé a caminar,
solo un mísero foco
de mi luz interior
permanecía encendido
¡solo un mísero foco!

Tengo las líneas de un poema
que usa a las aves como escudo
porque dice que las flechas
de los ángeles solo dan al elegido;
eso nunca fue mucho
y nunca me sirvió para vencer.
Nunca hizo que nadie me mirara
como a un temible hijo de puta
que sabía todo sobre todo.

Sin embargo
cuando un brote de mi alma
se ve frente a mi reflejo
-por más jodida que se vea-
digo,
<<Bien, pequeño tonto.
Así es como se debe sentir
tener una parte de dios en nosotros
queriendo irse, despreciándonos>>.

Omar Alej.

1 comentario:

Anónimo dijo...

La curiosa escena de caricatura de un señor con memorias de una vida sin exposición a los problemas y riesgos vs. el chico guapo y rebelde de la cuadra que ha vivido, sentido, amado, liado cada una de esas cosas que de viejo tendrá para contar con gran orgullo.

¡Tu decides quien ser!

Carlito