martes, 2 de agosto de 2016

El amor se parecía a la guerra.


“Es el amor. Tendré que ocultarme o que huir.”
 El amenazado. Jorge Luis Borges.



Con la cal del techo mordido atinando en mis ojos
y además el diluvio de afuera.

Y además la embriagues de los lunes.
Y además la violencia de ese orden.
Y además el ladrar de las luces.
Y además el gruñir de las puertas.
Y además la amenaza del aire.
Y además el olor a caucho quemado.
Y además esa mano que toca mi cara.
Y además ese llanto de un niño.
Y además el olor a carnada.
Y además las sirenas sonando.
Y además todo el tiempo perdido
que tenía por delante.

Ya no habría de volver a mi lectura de notas pasadas,
averiguando qué había,
por qué lloraba de antes de que cayera en mi patio
un angelito sin alas, sin aureola y sin cielo,
que habían convertido en un misil muy complejo;
atado al significado del nombre
de nuestra libertad.

No me movió aquella prisa
ni siquiera pude ponerme a salvo;
lo quise ver hecho el anzuelo
y parecía producto de la noche,
de una secuencia antigás.

A mi lado
-mientras mi instinto era todo,
no había calidez
ni sentencia.
No había discreción
ni mascara alguna.
No estaban los ríos distintos
ni largos de agua.

Me quedé ahí
y no cerré ningún poro;
el horror -como mucho,
parecía atrapado en un reloj
que colgaba de escombros.

Los campos de la alegría
en los que estaba sembrado su cuerpo
hoy eran solo una excéntrica falta de insectos.

Y no pretendo
contar lo valiente que fui.
Si algún temor supe, acaso fue ser
y tener y amar.
Omar Alej. 


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