jueves, 18 de agosto de 2016

*Cierto capitulo de Lorenzo.


Octubre 12 2016.


Picture By; StregaNera.

Hola diario ¿Cómo te va, fanfarrón? Te leo y me pregunto si quisieras que te tire al mar o a donde haya pirañas ¿Sabes? He pensado que voy a ponerte un nombre. Un amigo –más o menos – imaginario que yo tenga debería de llamarse Broca o Clavo o Pistón, todas figuras fálicas ¿lo has notado? Debe ser que hoy llega hasta mí el inicio de la semana anterior. A estas alturas tú ya sabes que Ella es muy benevolente con su naturaleza y que tiene un compromiso carnal con lo que llama su espíritu. Tal vez nunca lo dije de este modo; pero tiene una opinión ambigua sobre los placeres y eso hace a su vez que sean muy potables sus barajas y después las cartas que se juegan. Te digo todo esto como una introducción a la visita que recibimos por parte de Paula, una amiga de Ella que vive en Francia y que conoció hace algún tiempo; mediante un amigo español del que me dice que era un tremendo marino, para navegar en absenta y después bucear entre tiburones blancos. Yo digo que esas cosas las inventa; pero, en fin. Al menos a este –asegura, nunca lo vio sin la mitad de su ropa.

Hoy es miércoles y han pasado nueve días; el lunes de la semana anterior, Paula llegó desde Europa buscando alegría y calor entre nosotros. Los últimos meses han sido, para el viejo continente, un derrame de sangre y de principios y de costumbres. Ese odio entre personas suele ser la marabunta que se come a las personas más sensuales y después a los brutos se nos concierne donde no queda nada…

Paula, aunque es americana del Chaco, ya tenía un ardid de look francés que perturba y que emociona al mismo tiempo. Ella y yo nos habíamos estado entrenando en elasticidad emocional. Si bien sabíamos –y anhelábamos, que Paula vendría, de la misma manera nos hacía competir en unos juegos que no sabíamos jugar y que en realidad no habríamos de poner en practica durante toda su visita, la intervención de un tercero o tercera entre nosotros la sabemos manejar como un paseo turbulento; eso sí lo reconozco y además lo aprendí de Ella.

A la seis con menos treinta estábamos esperándola en la estación y cuando se bajó del autobús tenia gafas para ver y en la mano una copia de “La Mujer Justa” de Sandor Marai; quieras que no, un estímulo, para mí, en ese momento: el olor de la humedad de Ella lo recordé como el aroma a cañadas en las que nunca había estado. La saludamos, la besamos y la abrazamos ahí mismo, nunca nadie es diferente en realidad. Sin embargo nuestro intento se mantuvo en querer tocar –expresamente, solo temas de interés particular: como si fuéramos misioneros intercambiando impresiones de distintas cruzadas; inocentes, mejor dicho. Una vez en el automóvil ninguno de los tres hablaba algo relevante, vagos comentarios de la calle e insinuaciones de posibles sitios que tendríamos que visitar. A mí me la pelaba todo aquello que podría definirse como incómodo y tú sabes, Broca (o Clavo o Pistón; aún no lo defino) que no soy precisamente un playboy, la última vez que te conté sobre uno de esos tríos, a los que voy como una mascota alegre, resolvimos que había estado algo corriente. Sin embargo esta vez me parecía todo tan ficticio que hasta el mal trago de observarlas a la luz de plena tarde, ya en huida, me parecía parte de la trama y me agradaba como a un perro que ya sabe que después de llevarlo a la peluquería le dejaran solo, para poder desenterrar su hueso. En el reproductor musical las canciones se alternaban de una mezcla que había hecho, para festejar una de las tantas graduaciones que Ella ha tenido este año. Más motivo de silencio fue que de pronto apareciera la voz de Nacho Vegas cantando eso de “y todo el camino aquella extraña canción bara bam bam bam” y no, nadie dijo nada.

Una vez en casa, como dirigidos por antenas, cada uno hizo lo que había que hacer. Ella fue directo a la cocina y regreso con embutidos, frutas frescas y tres largos de ginebra. Paula acomodó sus dos velices en el piso, apenas por afuera de la primera habitación. Yo, que como sabes soy el bueno de la historia, me tumbé en el sillón después de haber puesto en el estéreo “In a silent way” de Miles Davis. Me preocupaba que pudiéramos parecer fríos al uso; pero creo que creerte parte de una cierta aristocracia ética (de la que nadie dice ser miembro) te lleva a esos lugares tristes de la condición humana ¿Dónde estaba el velo loco de la naturalidad y de la improvisación? Solamente estaba Miles y eso que Davis es un dios mucho antes de los dioses…

Cuando el clima fue a mejor nos hablábamos con todo, con el tono en la pintura de pared, con los dos o tres acordes que estando juntas habían aprendido en un comercio de guitarras. Porque sí, juntas habían ido a San Francisco, a Costa Rica, a Guatemala y Canadá ¿me preguntas si sobraba? La verdad –lo hemos hablado, yo sobro en todas partes; lo que puedo dar no es algo verdaderamente necesario. Luego Ella confesó que había traído un regalo y que quería que lo abriéramos los tres, en un viejo cenicero de cristal esparció tres gramos de cocaína que –ahora sé, era del norte de Bolivia y tenía el empuje necesario, para armar a un ejército en Suiza (otro sitio al que han ido las dos; pero separadas).

Entre sombras, el humor involuntario, la cata de drogas recreativas, las copas con Gin y la música insonora de aquel morbo, me fui al baño. No te rías si te digo que al volver ninguna estaba. Uno de los velices de Paula estaba abierto y con algunas de sus cosas tiradas en el piso, la puerta entrecerrada no invitaba a entrar ahí, todavía. Regresé y -quizá un poco abandonado, puse el disco entero con versiones -por mujeres, de canciones de Sabina. Nunca fue mi favorito; pero ahí, a solo pasos, ya tenía el porqué de su existencia. Mientras tanto yo seguía con la coca y con el porro y con el gin, te diría que escribí una canción y no te mentiría (si se aceptaran como canciones los chillidos de un hombre que no puede pronunciar una palabra). No sé ni a qué hora fui a la cama, lo mejor es contarte que al abrir los ojos estábamos los tres desnudos y yo en medio, abrazado por Ella y por Paula. Me tomaras –como siempre haces, por un tipo con la guardia medio baja y medio tonto del aba; pero me sentí bien. Creo que fui un buen acompañante, para un reencuentro de ese orden y –por favor, no me vuelvas a decir que Ella está llena de ese tipo de reencuentros; si la crees tan infantil y caprichosa antes debes de saber lo que pasó el día después.

Nos despertamos y yo atento a que yo –aún, no había practicado el sexo del futuro ni conmigo mismo, sugerí que saliéramos a desayunar y ya no volver hasta las primeras horas del otro día y así fue. No salimos en el auto, preferimos ir en colectivos, para andar viendo las cosas que nunca se ven a menos que seas un turista en una caravana de la tercera edad. Casi puedo ver tu cara; pero no tienes porque no existes y además no me importa que te burles, lo mejor fue que comimos raspados, el de Ella de cereza, el de Paula de limón y el mío de durazno.

Cuando llegamos a casa (no recuerdo la hora) volvíamos de un bar donde los tragos no duraban mucho. Estaba menos ebrio que Paula y que Ella; fui directo a la mesa donde se había quedado la botella de ginebra y el resto de la cocaína, inhalé tan solo un poco y pegué un trago de la botella, para ver si iba a poder asumirme milagroso. Me di cuenta después, que no me seguían y que se habían quedado en la entrada besándose –la verdad, por dios muy bonito. Exacto compañero, esta vez sí me sumé y primero nos dimos un beso genial en una sola boca de tres; pero no me bastó y cuando me abrí el pantalón mi pene erigía un monumento a la fe del hombre promedio. Ambas pusieron en mi sus molares, sus lenguas, sus dientes, sus campanillas y esas lagrimas blancas que suelen rodar cuando en la boca de alguien entra un instrumento que no cabe entero. Yo no estaba caliente pues no estaba ahí, no era yo: en ese momento era más parecido a un sultán que a un  trovador sin canciones. Me chuparon de un modo en que el debería de haberlas honrado con la cabeza de alguien, tirada a sus pies. Ahí mismo en la entrada las coloqué dándose la espalda y yo entre ellas, se flexionaron haciendo derecha e izquierda a mi cruz; entré en una y la otra seguía el movimiento, después me cambiaba: era un hermoso ballet y un tremendo salto en la evolución…

Las vi hacerse, comerse del sexo recuerdos y días de sueños que no habían cumplido. Sí Ella me montaba, Paula me ponía su vagina en la cara. Si doblaba a Paula y la embestía por atrás, Ella le ponía su vagina en la cara. Debo decir que se mordían y tocaban las tetas de un modo en el que no sé tocar ni morder; eso fue obvio cuando me di cuenta que reservaban para mí solo lo referente a mi pene y todos los demás juegos los llevaban como las directoras de una expedición geográfica. Ahora mismo estoy duro y no me provoques; habiendo aprendido como sincronizar los gemidos de diferentes mujeres, a la vez, puedo cambiarte el nombre…

Sexualmente propenso.
L.

*(Extracto de “Lorenzo, una canción de rock” 
una novela de Omar Estrada. Quizá en el futuro)

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