lunes, 20 de junio de 2016

Dios lo sabe.


“Son las caídas hondas de los Cristos del alma 
de alguna fe adorable que el Destino blasfema. 
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones 
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.

Los heraldos negros. Cesar Vallejo.


También yo era uno de los niños
que vivió la depresión de las monedas en la fuente,
uno feo con los dientes apretados
y con frío casi siempre en la mañana.

Tenía ojos de haber visto algo extraño
y me ponían tristes los aviones,
los barcos me callaban,
me quedaba rezagado
y no podía ver a donde nos llevaba el día.

Así pasaban las semanas;
sin saber cuál esperanza era mía
y cual era de los otros…

La mujer de un gran cabello negro,
la única en mi calle que cuidaba su jardín 
y una esfera,
me vio afuera sin cubrirme;  
consumiendo mis palabras
muy a prisa
por el miedo a que la multitud
siguiera siendo aquel despeñadero.

Me llamó a su puerta
y cuando entré podía ser paz, la soledad
de la mujer de un gran cabello negro.
Siguió haciendo sus labores;
pero nada carecía de calidez,
no era el tiempo de su fruto –todavía,
y continuaba resguardando una raíz
que está en lo hondo de la estrella
y en la luz de los caminos venideros.

No fui consciente en esas horas;
pero sentí que su cuerpo al descubierto
estaría señalado con la vida del murmullo
primerizo de un ángel.
Hizo actos para mí  
que yo recuerdo con la fuerza del corazón
de cada vida secreta…

No sentamos en el piso,
ella al centro
y yo alrededor de su falda extendida;
me hablaba con la calma
de la luna reflejando en la laguna…
sosteniendo el escudo de la plata.

Me contó que podía ver
y que el rumbo de mis ojos era yo.
Pregunté
y respondió que siempre hubo marineros
y misterios y poetas y deseos
y valientes y verdades,
que tenían por testigo solo a Dios.
Omar Alej.

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