jueves, 5 de mayo de 2016

Y se ha ido.


“Celine se había ido
y Picasso se estaba muriendo.
París fue absolutamente nada.”

París. Charles Bukowski.


Esa sombra
y el cartel de Buster Keaton.
Las guirnaldas de papel
que una novia -ahora muerta, perfumaba.
El terremoto colosal
que le provoca una ventisca cuando lee
a Lautréamont.

Vive al lado;
solo un muro hecho de harina
nos separa y lo escucho
cuando escucha grabaciones viejas
que imagino son de Bach,
porque recuerdo.

Ese es él
y si sale a ver el flujo de la gente entres las calles
va vestido con cuidado
e improvisa con bocetos que son horas esperando
a nadie más.

Recomienda seis o siete copas diarias
de aguardiente;
beber y no darse la vuelta
cuando duele:
resistir.

No despierta con buen temple,
echa un grito, gruñe, toce
y golpea sobre el piso su talón izquierdo.
Me pregunta que día es hoy,
le respondo que es ayer:
cuando tenía menos hambre
y más tino al orinar.

Se disculpa
por tener buena memoria.

Ha olvidado,
no fue tanto
y no fueron tan fuertes;
solamente algunos dientes,
mechones de pelo
y dos costillas.

“Eran niños”
eso dice de los guardias
si se atreve.

En mi nueva dirección
soy vecino de psiquiátricos
y albergues:

Yo también creí romántica esa mierda.

Cuando llueve me confiesa
que adoró
y que el diablo apareció,
para pedirle un cigarrillo;
si no tienen de fumar en el infierno
¿cómo arden?

Hace días me invitó
con una taza de café
y sabía algo.

Mirándonos sin decir nada
echamos mano al domino.

Como en un pacto
solo fue,
cerré los ojos
y vi caballos;
cuando a lo lejos los perdí
y volví a verlo,
su preferido era el rojizo.

No es que este loco,
también reniega con la cabeza
cuando el olor huele a quemado.

Omar Alej. 

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