lunes, 16 de mayo de 2016

Tan solo Ed.


"Don't you know, little fool,
you never can win?
Use your mentality,
wake up to reality."

I've got you under my skin. Frank Sinatra.


Siempre que cuento esta historia me gusta contarla, pasando, entre la una y las tres de la madrugada. Para mí es muy glamuroso decir que el botones, Guillermo, había adentrado primero en el cuarto y que entusiasmado –con un punto ridículo, le iba mostrando aquel piano, negro de muerte, entre todo un decorado en colores pasteles y acabados mohínos.

Ed recorrió aquella pieza. Se despojó las mancuernillas. Se asomó a los balcones; entre sus dedos sintió la textura de cada cortina. Y dejó abierta la llave del lavamanos durante el minuto en que oía sobre sus ojos la imagen sin claridad; que aún se movía en sus adentros.

Desde el futuro al pasado, esa parecía la ruta de sus zapatos tirados sobre la alfombra. Y también parecían acomodados ahí por un agente de orden estrafalario.

Deshizo la cama. Removió las botellas en el mini bar. Ostentó que miraba las flores en un florero esmeralda…

Y deshizo la cama. Podría ser que buscara, debajo de la cubierta, algún indicio de no ser el único que habría estado prisionero en aquella prisión de gusto exquisito y un poco cursi. Acaso la imagen de Clint Eastwood hizo patéticos monstruos de niños ingenuos, aún con betún en los labios.

Escribió con un lápiz, en el tapiz de la pared, un listado de números telefónicos que iba inventado: esos mismos serian la forma de localizar a villanos sin alma que no discutían si se llegaba la hora de acomodarse con una señora casada. Que abandonaba su casa, para irse detrás de lo que la noche llevara delante.

Escupió al levantar la tapa del sanitario. Se santiguó tres veces seguidas frente al espejo y en una sola sonrisa se sonrió las tres mismas veces. Apuñaló con los ojos el pomo de la puerta cerrada…

Levantó el auricular del teléfono y llamó; no atendió nadie y él ya sabía que del otro lado, a cuarenta y siete kilómetros de distancia, nadie quedaba que pudiera atenderle.

Con la línea abierta y la llamada fallida; se fue a donde el piano quedaba en silencio y en las teclas tocó un recital de romances durante cinco o seis horas. Cantaba bajito, como al oído de alguien. Su voz era bienvenida por los decorados y cada cuadro colgado de la pared hubiese querido ir al trote de las notas salidas del alma de aquel instrumento.

Se desajustó la corbata; pero se la dejó bajo el cuello de la camisa y al recordarle -en mi mente, simulaba una época falsa que en él creía tener y que en él mismo perdió. Lo puso triste saber que no había nadie pegando el oído en la puerta y que nunca hubo nadie, para besarle la frente como lo harían con un santo; después de escucharlo tocar con tanta elegancia. Con tanta ceguera.

Ya casi había olvidado a la mujer que estaba vuelta un cadáver del otro lado del teléfono. La que ya sabía que no podría atender su llamada.

La mató con las manos; una estrangulación perfecta: fue con canciones que le explicaba por qué.
Omar Alej.

1 comentario:

Anónimo dijo...

La elegancia, sus detalles, desde como se instala en la habitación, "desde el futuro al pasado" me gusta eso! montón! que hay quienes nos preparan y acomodan las cosas o situaciones, para que lleguemos sin contratiempo a ellas... y lo veo tan tranquilo... tan siniestro... santiguándose y sonriendo, su forma de cantarle, de olvidarle.... de matarle! ... me encanta!

FloresFer.