jueves, 21 de abril de 2016

La noche estrellada.


“Daría este viento del mar gigante por tu brusca respiración
oída en largas noches sin mezcla de olvido,
uniéndose a la atmósfera como el látigo a la piel del caballo.” 


Tango del viudo. Pablo Neruda.


Muchas veces
no he querido sostenerle la mirada.

Me distraigo con el cielo,
sin revancha, en la pintura
e insinúo que quizá
fuera el rosario el que la enferma.

Ella oprime el cristo de madera
entre sus pechos
y lo niega,
me recuerda que aquel hombre
fue un poeta;

Pero vuelve a toser
dejando hilos de sangre
en un pañuelo percudido
hecho girones.

Llevo meses sin trabajo
y con el oficio de escritor
he pactado retirada.
La razón ya no me importa,
solamente que haya algo de beber
y no pensar;
ya no pensar.

Entre ambos
conseguimos sobrevivir
en duro aguante.

Yo les pido a los vecinos
ropas sucias que lavar
y ella las lava;
pero últimamente han pagado
con sobras de comidas.
Me reclaman que ahí está la misma mancha,
que es visible que ya no tiene fuerzas,
para tallarla:

Quizá los gigantes
no ejercieran sexualmente
su derecho a estar aquí.

Esta mañana no me asusta el egoísmo
y me siento estar muriendo de lo mismo;
de un inocente anhelo de vivir.

Algunas tardes olvidamos
que ya nadie nos recuerda,
yo estoy ciego de beber;
pero contento.
Ella casi se ha quitado
las penumbras de los ojos
y se ha puesto ese vestido ya sin mangas;
se decide por besarme las dos manos
y al abrirme la camisa me ve un brote de llagas,
se sonríe.

Luego vuelve
y con mi miembro, inútilmente,
entre sus labios,
toce una y otra vez,
está llorando…

Yo termino
en su honor;
Nada es más bello
que su altiva agonía,
que sus ganas por coraje.

Idolatro
-para siempre,
la humildad con que combate la desgracia.
Es mi fuente de ternura;
somos hombres y mujeres
tantas veces.

Es tan bella
como la noche estrellada:

Esa fue la realidad
alguna vez.

Omar Alej.

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