lunes, 28 de marzo de 2016

Al fin.

“¿Quién soy yo para condenarte, oh Dives,
yo que estoy tan amargado
por la pobreza
como lo estás tú por la inútil riqueza?”

A Dives. Ezra Pound.


Ya estaba borracho.
Con la cabeza caliente
de tanto whisky con hielos,
me defendía del clima;

Cuando son las diez de la noche
cualquier brazo sosteniéndome
parece girar a gran velocidad
por las mismas calles que los automóviles
han sitiado.
Y casi siempre que hablo
me sobran promesas,
me falta palabra
o me creo que el verbo
es uno –en parte, con la cometa:

Esta vez
-por ejemplo,
relatarme la historia
me ha supuesto buscarla
en noticias recientes;
siendo que todo pasó
durante diciembre del año perdido.

En Ciudad de Hormigón
solo tengo, para irme,
los tacones que vienen
o es mejor que me quede
detrás de las idas
de las camareras.

Estaba fumando de más;
pero antes de mí cada luz
ya se había hecho humo
y aunque no debí comentar
nada al respecto
de cómo gimen las gatas,
no sabía que ser tonto
fuera una cosa distinta
de lo que son
habitualmente
las personas normales:

Ahora es claro que nunca
solía ser como antes.

Ya estaba borracho
y como cada vez
que me subo a esa copa,
sentí las horas mis barcos
y que venía de la luna
mi padre,
el cuervo pagano…

No vamos a estas alturas
a desconocer
el más viejo truco
de cada emisora radial,
sonaban boleros
y la cabina del taxi escondía
a un hombre lobo.

Me embelesé por contarle
que quise encontrar aquí
las mismas razones de baile
que los mismos motivos,
para sentarme a escribir
en respuesta.

Pero en narcisa ambición,
fuimos dejando que crezca
en el decoro ese coro…
y ya no llegó a esta mañana
la voz en sollozo
de nuestra carnalidad.

Ya estaba borracho
y podía estarlo aún más;

Pero antes bebí
largos tragos de lluvia
y he aprendido que al fin
hemos llegado ya.
Omar Alej.

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