jueves, 21 de enero de 2016

Pandora Groovesnore.


“Echo de menos a Woody. Se estremecería si supiera cuánto le aprecio. Soy lo bastante lista para no sacar el tema. Sé que casi le repugnaría lo grotesco de mi afecto por él. ¿Qué le voy a hacer? Todavía le quiero. Siempre seré su tonta del bote, su monstruo, su frívola del cosmos, su compañera de piso que hace tonterías, su boba número uno. ¿Cómo le digo «al tío Woodums» que lo adoro, que lo idolatro, que me muero por él? ¿Cómo le digo que por favor se cuide mucho, que piense en cosas hermosas, que me escriba si tiene tiempo y que no desfallezca?”


Diana Keaton.


En otro país,
desconocido para los aviones,
me voy detrás de los caminantes;
jalado por sus telas al viento,
hipnotizado por sus certidumbres naturales,
y descubro.

A cierta niña, yo,
la llevo muy adentro.

Y por sus cabellos,
que nadaron en mis manos
hasta hacerme respirar,
que yo aún la quiero.
Incluso igual
que como el día en el que la quise primero.

Y fue antes que el verano.
Y fue antes que el invierno.
Y fue antes de la vida,
como nada,
como todo.

Su sonrisa no la borro,
no consigo se diluya entre el cambio de carteles
que hace un chico nomas al cruzar la calle,
me sonrío a su recuerdo
y luego lloro simulando que toso
para adentro,
llanto seco.

No lo digo muchas veces;
pero busco en las palabras protegerla
quizás en ellas su belleza ya no tiemble de asustada
por los truenos
cuando llueve y a nosotros nos cortaron la luz.

Tantas veces me distrajo
del motivo de la muerte,
se subía a mis espaldas como si yo fuera un caballo
y como si ella fuese una amazona
me guiaba en los peligros
llenando un solo corazón con valientes alegrías…

Solo espero que no esté
-como ahora yo,
esperando.
Ojala que haya encontrado
en algún tren
aquella gorra que perdí
y que llevaba creyendo que podría protegerme
de las incomprensiones de los otros.

Fue una atea
y una viuda muy devota
mientras me clavaba –con notitas de memoria,
como a un cristo en sus distancias.

Cada adiós en cada ida
aún me brota como alas que serrucho
porque me llevan a destinos donde duele
intensamente.

Le mostré desde qué parte
se rompían las promesas,
le dejé
-y quizá aún siga por ahí,
un diablo enano que se burla de quien cree
en los demonios.

Estoy imitando la melodía
de una canción que no recuerdo
en el borde de mi silla
mientras pienso que seguro ya lo sabe,
sobre John Banville…

Con los años el deshielo me ha llevado al estertor
y ya no niego que su aroma lo cambié
por acomodo en el palco de este drama de fragancias.
A ciertos hombres
solamente se nos puede complacer
al darnos la razón:

Somos idiotas,
aunque es más complicado que eso.

Yo, por ejemplo,
el que soy de ahora y no el de antes,
sé que el tiempo no alivia;
pero me gusta sentirlo
mientras sobrevivo a mí
que me enfermo minuto a minuto.

Así sigo escribiendo retazos
entre mis horas muertas
de una desdicha insuficiente,
sin merito,
para salir a tocar los jardines
con notas de perdigón.

Haberla perdido
y llevar mi equipaje
en una valija moderna
me han vuelto sensible
y he visto que alguien
-en otra dimensión,
está escribiendo su nombre,
descontrolado,
en una servilleta.

Omar Alej.

1 comentario:

Carolina Torres dijo...

No es ingénua ni gentil
No es tonta es entregada

Ya no cree en las promesas
Se perdio en los encantos de los demonios y de un Dorian , ese inmortal que hace de su amor su mayor placer.

Ella cree que el regresara con sus cicatrices, desdichas y con canciones que le cantara.