miércoles, 9 de diciembre de 2015

Los amantes malditos.

Pasan lentos los días
y muchas veces estuvimos solos.
Pero luego hay momentos felices
para dejarse ser en amistad.

                                       Mirad:
somos nosotros.

Amistad a lo largo. Jaime Gil Biedma.


Nada tiene de pena
perderse
por amar a quien mata
el amor.
O sí.

Asustarse en el vuelo de los abejorros,
detrás de los bueyes con cencerro…

Frenéticamente temblar
si alguien llama a una broma
sobre flechas
y blancos
y niños alados.

Yo puedo decir,
de sus besos,
tres o cuatro nociones
de malestar físico;
pero no he de llorar,
no todavía:

Esperaré a las horas
en las que un carrusel este abandonado
en el costado de las vías del tren

No es fin del mundo
llegar al final del camino
que graban dos cuerpos
en donde no hay historias.

Esconderse del sol,
meditar sobre el ritmo
en el que crecen las uñas,
suplantar la esperanza
por un denso deseo de caer congelados
en el instante mismo de abrirnos los botones.

No es justamente una injusticia;
alguien debe quererlos
y surgir de esa angustia,
como surge del cosmos una burda alambrada.

Quizá
pueda ser
que en su ausencia
se gocen los días
en quietud;
pero a mí que me mojan las lluvias
me obliga en el pecho
un rayo
-otro rayo,
de fuerzas salvajes.

No es laberinto seguir caminando
en la noche:

Cantar
con los ojos arañando las calles.

Haberlo perdido el impulso vital
de todas las dudas.

Y saber que se es
solamente un esclavo.

Está bien, para mí.
No tienen nada de pena
los amantes malditos.
Omar Alej.

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