miércoles, 2 de septiembre de 2015

Brillar en el día en que apagaron la luz.


“Aquí estoy: yo no te suelto”. 
¿A qué dioses se habrá encomendado para no aullar, para no moler a golpes el cuarto, 
el hospital, el mundo, mientras el cuerpo de mi madre marchaba seguro hacia la muerte?

No te suelto. Leila Guerriero.


Intento reír;
alegrar lo que observo  
y no claudicar
cuando se remueven por dentro
-una y otra vez,
las palabras y el llanto
de las que nadie supo
en Camboya…

Fueron puñetazos,
olvidos, engaños…
habitaciones vacías
y largos andares sin rumbo:

Sin nadie al final de la noche
que dijera mi nombre
entre sus bostezos,
dándome asilo
y ternura.

Sospecho de mí
cuando digo que existe
la soledad y el dolor
¿No será que inventé
la ciudad en llamas,
los barcos que se van;
el corazón de la ballena blanca
pulsando en mi insomnio?

Sé que equivoco,
que falta constancia;
pero es difícil
y a veces no sé
cual farsa es por hambre
y cual hambre es de farsa…

En la ciudad de Gaza
los extranjeros caminan
por lo que fueran caminos
locales.
A media noche,
a través de los muros,
escucho la voz de una niña, decir:
<<Duérmete, mami, duérmete ya…>>

El espectáculo, hoy,
tiene su aliento en el odio
y ni siquiera es humano tener
vidas idiotas en humanidad.

¿Cómo dejarme hasta el alma,
mi amor,
con tantas aves caídas
entre los campos de trigo?

Yo vi que a un buen hombre…
Yo vi que a un gran hombre…

Yo vi que al mejor de los hombres
nadie, además de las voces,
en su cabeza, le despidió;
cuando se disparó al otro mundo
con una cortina de baño
alrededor de su cuello.

Yo sé que en el cielo
una bestia mortal
fue desatada y no hay tregua;
pero para un hijo de dios
tan solo un poco de sangre
puede ser suficiente…

Mi corazón, atado a las sogas
de anclas fantasmas,
se sobrepone al asedio
entre el ayer y el futuro.
Quiero continuar
y además resistir,
sonriendo, idiota, sonriendo.
Omar Alej.

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