martes, 30 de diciembre de 2014

Tom Sawyer.



La gravedad de un reloj detenido en una hora puntual
sobre la pared
pareció, para mí, la premonición de un dios.
Después llamaron a la mesa.
Como parte de una coreografía
aprendida de manera inconsciente,
la inmaculada familia sumaba gentilezas
en un cuadro recargado de textura
y colores pastel.

Ninguno de ellos me habría creído
de haber querido mostrarles lo que yo llevaba en mis ojos.
La felicidad de los perros de la calle
y el honor intransferible
de los gatos,
solamente me harían ver
como a un extraterrestre;
aun si la vida en otros planetas
no fuese,
para ellos,
una posibilidad más allá
de pueriles literaturas…

Quería quedarme,
por curioso sucumbía ante el ate de manzana:
una vez que uno
ya no encuentra más sentido en vivir
que los propios sentidos
se vuelve fiesta
la tranquilidad
y la evasión
con la que disponen del presente
algunos otros.

Siendo táctil
y con disimulo,
me probé en la propia piel
sus paranoias y recatos.
Descubrí que dentro del sabor en la saliva
de los inapetentes
una amarga gula se desata
y llega al linde de la pasión estomacal
marchitándolo al deseo.

Mis conocimientos que son pocos,
en un sonata de cubiertos
-y representada la melancolía por el sol afuera-
esa tarde se volvieron
un ilustre pergamino
de brillo monótono.
La sensación de que Tom Sawyer
no jugó jamás a loterías
me apretaba los dos pies en los zapatos
y apuré, de torpe manera, una despedida.

Nunca más volví a esa casa.
Hasta hoy sigo alentado
por la tierna idea
de perder el aliento
en el beso
de lo desconocido.

Omaral.

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