martes, 21 de octubre de 2014

Lucio, el lindo -y ultimo- rosal ingles ya se me ha ido.



Ya no será posible
la memoria dispuesta a la orilla de un tazón con te
y remontando la huida
de una invasora amigable
que quiso dejar en ti más que una nota de venta
por una armónica rota…

Las respuestas
que revuelven los ojos, desde los recuerdos,
para expandir una duda,
ya no vendrán haciendo notar
el deterioro en un reloj de pared
y las manchas de tiempo en una camisa
a rayas azules.

Todas las estrellas de navidad
duermen sujetas
bajo la estatura de un sauce llorón;
sin premonición
ni creyentes.

Cuando el testimonio del niño
haya sido quemado
en el corazón de la tierra…
abajo se vino la oferta de puertas abiertas
y ya no es posible el acceso al presente
de aquellos días
que se pintaban mejores
durante los servicios en la misa de domingo.
Te deja libre el cantarín
y tus monedas se las gasta
ante la fuente que nadie desea:

Quienes confinan al miedo
la voluntad del absurdo
mal venidos serán en la avenida doliente
de los dolores.

Quizá fue replegarse
antes que ver al sheriff enemigo
alterando genéticamente
la planta de luz que da frutos
con sabor a bombillas;

Veras
y hará mella en ti
la envoltura de un rayo
repicando en el aire…
seguro dirás
que al fin tomaste otro tren.

Ya no quedaran estaciones
al ir a dormir
y la chica que aguarda a ver el fantasma de Grey
habrá de morder un kebab insípido, igual
al beso que intentó
sobre la tumba de Oscar Wilde.

Ya no Lucio,
ya no.

Ya tienes en el gusto tu sangre
y en una de las recamaras del revolver
una bala que falta.
Omaral.

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