martes, 20 de mayo de 2014

Amor.


Si no es amor lo que nos damos,
hermana.
Si esto tan sumiso
y excitante
nada puede contra el oro,
inventemos un nuevo planeta
donde poner una raza nueva…

Promovamos un nombre distinto
para esto que aprendimos a ir reconociendo
como propio;
sin miedo,
sin especular
y con confianza.

Ahora. Bien.
Cuando la nueva habitación este habitable,
con su propia luz
y su desorden.
Cuando los habitantes
-convenidos a imagen
y semejanza de algún dios-
ya tengan en forma su escultural figura.
Y cuando en sus corazones
ya tengan los motores encendidos
sus respectivos capitanes
condenémosles a eso que querrán
como gran única emoción emocionante.

Los instruiremos en la humildad sencilla
donde privan las caricias,
la esperanza
y el respeto sobre el arte de los tiempos;
si lo pides
y si en su deseo lo obedecen
les diremos que eso que no logran encontrar
en ningún sitio
es lo único que existe
dentro de ellos.

Dispondrán de lo que han visto
para remendarle la mirada
a quien decida acompañarles
y como no será llamado amor,
ni nuestras alas
ni nuestro naufragio,
podremos alentar
en la creación de nuestro mundo
un apartado ciudadano
que proteja con leyendas de valientes
la subida del demonio
y la vuelta de la soledad.

Omaral.

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