miércoles, 27 de noviembre de 2013

Ser, otra vez, esa noche tu chico.


Qué bien que
como cuentas
aquel día
fuese un miércoles
dentro una semana cualquiera…
si hacemos caso
a nuestro acuerdo,
siempre nebuloso,
valdría señalar
que con seis gramos
la noche es siempre
un revolver frío entre las manos.

Y fue,
para verte girar,
que cuando giraste
yo no estaba
ni a tu alcance
ni en el nombre de la orden de registro
que mostró la policía
cuando accidentalmente
se habían perdido tus pendientes de diamante.

Me fui
y aunque a la mañana después
los diarios prefirieron contar
la muerte al revés
de un poeta
yo saludé amablemente,
sin decirnos gran cosa,
al camarero de turno
en aquel paraje nocturno
de Nayarit.

No era yo mi amor,
no era yo.

Yo estaba vestido de negro,
con las cadenas también…
intentando colarme
en una acuarela
a colores rabiosa,
agité mi pañuelo habitual
del mismo modo que hiciste,
con tu llanto,
una canción de frontera.

Nos fue necesario
un capítulo más,
alguna vuelta de tuerca,
por eso digné
la importancia
de dedicarme a robar
neverías y kioscos
que quedaban de frente
en el rio Suchiate…

Ya no estábamos juntos,
ni en el arcoíris de agosto,
ni en las heladas
con las que brilla,
cual plata en el agua,
la tierra desde la luna
si la ves en noviembre.         

No sé si por entonces llegó…
tampoco sé si lo escrito
lo escribí con mi puño
en la letra de un himno soez;
pero en una de tantas
yo quemé una postal
en la quise decirte
sobre los indios que vi
acumulando sus eses
en un corral de gallinas.

Y aunque, free wedding los vegas,
estuve casado,
tres veces al día,
las veinticuatro horas,
los borrachines
tan dados a la conciencia
me dijeron de reyes metidos en cartas
incapaces de nada
contra una partida
donde el sol hace el as.

Así, con sus oferta, fraude y demanda,  
el militar cuerpo de los gitanos
recuperaron del piso,
de las plazas vacías,
el destino grabado,
por la palma de la mano,
en un indigente de nombre Satán.

Todo corrió
y aun yo corría,
te había dejado
alejada
con tus ojazos morenos
siguiéndole el tipo
a un tal Cary Grant;

Con los zapatos de gamuza azul marino
anudados uno al otro,
por las cintillas,
y colgados por los dos hombros
-amenazando de coger vida
y ahorcarme-
te dije:

-Aquí estoy,
soy la noche 
y ahora también
ya me has visto volver-.

Omaral.

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