lunes, 25 de noviembre de 2013

Que no sea la poesía los poetas.



Sangré en la poesía.
En su ardid
-igual que tú-
sin piernas fui…

Cerrado en la palabra
me gesticulé
a la semejanza
de un amante voraz
e irreductible,
como una polilla
descompuesta
de todas las cosas.

Escondido
y emulando,
tras la imagen
de los mercenarios,
estire mis manos
adivinando medidas
en los adjetivos
de uso y paso.

Me tiré a la cruz
de los ateos
por algo de publico…
apología
de las sustancias
y después
un conservatorio disco etéreo:

Loco fui locura.
Violento fui violencia.
Invisible fui nostalgia.

Dije conocer
la frontera divisoria
del amor
y la inocencia…

En resistencia,
contra Cupido,
lancé alebrijes y zancudos
a los amantes que se besaban…

Yo mismo, tan duro,
colonice razones
que pudieran dejarme fuera,
y por encima,
de pagar tablas.

Por vivir,
y porque era yo distinto,
mitad de mi
la use en decir
que no era el otro;

Vago
y fantoche
fanfarroneé,  
creyéndolo fuerza,
mi ordinario exabrupto…

Tartamudo
en pos del miedo
no escribí grandes dicciones,
sencillamente fui entregando listas
de partes
que resentía incompletas:

Mujeres sin mí,
yo sin mujeres,
inútiles todos,
tormentos envasados.

Y usted...
aun con más pesares que yo
podría,
con los ojos cerrados,
señalar a mil sitios,
donde mi sombra,
adquirida
nomas al cambio de esquina,
ha querido zurcir mi condición de cualquiera.

Me imité
hasta que las mascaras
lloraron;
tal cosa no sucedió,
ni ante Keith Richards,
ni en un ducados
que se extinguía en Montparnasse.

Quise ser como el poeta
en su nombre
llamarme rebelde,
diáfano
y hondo ;
pero en la fila de la compra
un buen tipo que sudaba
me contó cómo se cuentan los tornillos…

La gloria seca
de un beso en martes
cuando el sol baja,
la tertulia muda
entre las muertes
y ese olvido en la mirada primera
que se abre,
para reconocernos.

Me dijo
-deja ya
tanta impaciencia

¿a quién quieres
contarle
que nunca queda nadie?

No te sirvas de sufrir,
que hay tanta pena…

Algo sabes;
pero no recuerdas
ni donde lo aprendiste-.

Yo lo escuché atento,
esta vez sin irme
detrás de mi propio soliloquio,
después me vino
la hoja en blanco.

Omaral.

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