lunes, 18 de noviembre de 2013

Mayores, para fuera.


Se cruzan
contra mío
rasgos humanos
que pareciera haber
en las puertas
de lo locales cerrados,
almacenes de fetiches viejos
sin fe
ni parroquianos.

Los camiones
del transporte colectivo,
atados al absurdo
de esas caras asustadas
en camino
de la más hostil cordura,
son sinfonías
y embestidas
promulgando el sitio exacto
donde vive
entre pastillas
mi color/deseo
como un número.

Huelgue decir
que poco es tierra
aquí y ahora…
la perversión
que vestidos de domingos
recuerdan
hoy solamente es la sal precaria
con la que hacen grises
los cadáveres
que aun se me quedan
como un gotero de tintas,
punto y roto.

Mi intuición
bajo el haz de luz
de una red eléctrica
cortejada por las moscas,
se inclina
y se sabe un mero trámite.

Sin decirlo
miles de palabras
se interponen;
entre ellas el dolor
agita el significado
de billetes
y paciencias.

También la mujer
sobre la distancia
tiene las carnes en descuido;
pero ahora
mi mano ya se siente
decididamente vieja
como para probar
que aún le queda
la energía de nunca antes
haberla visto.

Omaral.

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