sábado, 30 de marzo de 2013

CamboyaLand VI





Tú eres de Dios
yo soy del diablo;
ese es el amor que nos desune.
***

Mi biografía ya es mía,
es de la tuya
de la que quiero ser el protagonista.
***

Te amé a ti,
para contarles a ellas
que estuve enamorado de todas.
***

Que me hayas engañado
hace aun más misterioso
que te hayas fijado en mí.
***

Después del sexo
escribir es lo más cercano
a masturbarse.
***

Un buen par de tetas
dicen mucho de un hombre.
***

El sexo oral
es un tratado de paz…
firmado con las rodillas.
***

Todo el humo del mundo
equivale a una mujer desnuda.
***

Los preliminares en el sexo
son como teloneros en un concierto de rock;
pueden sonar bien,
pueden ser enormes,
pero el publico a quien quiere ver
es a los cabezas de cartel.
***

La homosexualidad demuestra
que no hay mejor compañía
que la femenina.
***

Fue una mujer la que me trajo,
será una mujer
la que pague por mi sufrimiento.
***

Dormir con alguien
es realizar el sueño
de un insomne.
***

Se da mejor
quien no quiere darse.
***

Orgasmo.
Una bocanada de ahogo.
***

Cuerpo a cuerpo.
Transpiración de vacíos.
***

Una hija nuestra
se llamaría Maldad.
***

Impedir lo que hago con tu cuerpo
depende de tu cuerpo.
***
Omar Alej.

viernes, 29 de marzo de 2013

En las casas de Camboya se vive a lo Mad Men.





Pase usted Don Juan,
sírvase,
la casa es suya;
no tuve tiempo a terminarla,
pero baste una mano de pintura,
algún cuadro en las paredes,
para que se sienta
debidamente confortado
y bienvenido…

Realizado
en una construcción,
créame por favor,
hecha con el alma
de mis dos manos.

Quedan puestos
también
dos terrones de azúcar
que tiemblan al sonido de la voz…

Salido
de mi mejor cosecha,
un cono de helado
con la cascara de vainilla;

Es mi deber advertirle,
para preservarle la salud,
de una oscura demencia
a las diez y veinte,
obsesionada con ser
el fantasma que habita
en los armarios,
de otras casas.

No tema del ánima
si un día dormido
le sueña,
encontrara en su sabor
un gusto de delicada ciruela
y como la magdalena de Proust
será su agonía recogida
junto al tiempo perdido.

Sepa que el dormitorio es amplio,
que el sol sale por oriente
y que parado al centro,
levantando un brazo hacia el sur,
las corrientes de aire
suelen traer consigo el aroma
a salitre
del mar mediterráneo…

Es una dulce guarida;
en ella
alguna memoria me olvido:
la dirección, por ejemplo.

Labure Don Juan,
cubra la hipoteca
y advierta que en su nuevo hogar
hay vistas de primer golpe
a un maravilloso mundo de palabras.
Omar Alej.

jueves, 28 de marzo de 2013

CamboyaLand V





Puede que confunda,
pero yo no estoy confundido.
***

Yo soy cultura popular.
Usted…popular cultura.
***

Atrincherémonos;
ahí fuera hace un día bellísimo.
***

Votemos pues.
Nos salve Alá.
***

El silencio es siempre silencio.
***

Si la confianza es propia de los hombres
¿Por qué ponemos en el cuello de los gatos cascabeles?
***

Mi pasión por los finales
sucede en mi pasión por los principios.
***

La aniquilación
es la paz verdadera.
***

Solo puedo ser fiel
a los infieles,
ellos me han dado algo
en que creer.
***

Para que todo acabe
hace falta un sobreviviente.
***

El espectáculo de La Vida
es una danza torpe,
con música sorda,
donde la trama
es salir a escena sobre un escenario
que se cae por pedazos.
***

La belleza esta en los sentidos;
la imagen, el sabor, el olor, la textura,
y el sonido,
son sus cortesanos.
***

A todo lo humano
lo corrompe el hombre.
***
Omar Alej.

Un mal día hoy en Camboya para un fan de Woody Allen.




Con el café me pido el diario
y, a falta de noticias
que informar,
me han traído un periódico viejo
de hace medio siglo.
“28 de marzo del año trece”
marca la fecha,
en la parte superior de la derecha…

Amarilla y rosa
me dice la prensa
que, por entonces,
la luna se escapó de las plazuelas
y agotaron finalmente
la reserva de luces –tal vez-
para fotografiar las barricas vacías
de donde la malta ahí estaba…

Que ofertaron en rebaja los secretos
y que de una, en stanford,
calcularon el porcentaje,
y rendimiento,
en la frecuencia de un evento
que -a Dios dar las gracias-
al final se acaba.

Se hace mención
a la caída del sol,
a la lluvia de azufre
y a un terremoto en Kuwait
que dejó
trece damnificados
a los que después harían un documental,
para conmoción
de todo aquel que quiere ir de viaje
y llevar de suvenir un niño en litigio,
pero
¡por las cenizas de Sadam!

Sigo con deportes
y la lucha de Lance Armstrong
por tener algo que meter
en todo aquello
que decían de él
y que después cambiaron
por versiones recogidas
de quienes, al no ser perseguidos,
nunca vieron en tv
la tour de france.

En la sección de finanzas ponen
que las comadronas
son un derecho ganado
en las urnas
por los dirigentes del estado;
que si la canasta básica,
la patria,
y el mundo,
van a pique
le pregunten pues
a la suprema corte…
que acá nadie es culpable
hasta que se tenga a los chivos bajo llave.

Se firman artículos,
medias planas,
titulares;
hay tsunamis, poetas,
suicidios, mafiosos,
gadgets, congresos, vacantes…
ceremonias de aprensión criminal
e incluso
algún anuncio en tetas
contra las hemorroides.

Reseñan el último lugar de parking
en Etiopia,
un ictus de placer
en tercera dimensión
y dirigido por Darren Aronofsky…
el primer papado chino
con ascendencia musulmana
y casi extinta,
por supremacía de los cobardes,
la procesión a San Cristóbal de las Casas.

Del 28 de marzo del año trece
las noticias son muy preocupantes;

Era sin duda,
ese,
un mal día
para hablar de Woody Allen.
Estrada.

miércoles, 27 de marzo de 2013

Un amigo desconocido que vive en Camboya.


*Tercera entrega de "Cuentos para leer a Dante"

No hay dialogo…
las palabras son antes silencio..




Javier Colibrí quería ser escritor. Observándose en el espejo iba delineando, cada día antes de salir rumbo al colegio, una personalidad que no le era del todo congruente con su físico y edad. Buscaba en su rostro alguna fisura con la cual defender la fortaleza de su alma; una mirada triste, una sonrisa chueca, un ademan cansado. La fascinación que en él tenía su reflejo estaba lejos de ser un síntoma pecaminoso de vanidades o pretensiones. Sucedía que se miraba cada vez como si fuese la primera vez y como si aquel ejercicio de confirmación fuese un pozo de donde sacar el ingenio para continuar sin parecer tan torpe, para no llegar a lo que el llamaba tropezarse con lo que se está buscando.
Sus rasgos eran simples, de ahí que él los fortalecía con silencios y largas miradas intimidatorias. Usaba el cabello siempre a rape, dejándose abotonado, sin excepción, hasta el último botón de la camisa. La manía sobre sus uñas hacia que las llevase debidamente limpias y cortas. Lo obsesionaba la pulcritud y aunque solo tenía tres pares de zapatos, y dos de zapatillas deportivas, cada domingo antes de dormirse los limpiaba cuidadosamente, orgulloso de oficiar un oficio a sus ojos literario.

La fascinación por los libros, en él, a nadie parecía extraña. Se le consideraba un chico raro y su propia madre usaba ese recurso para justificarlo cuando no quería ir de visita con los parientes o salir a sitio alguno. Enteras tardes se encerraba dentro de su habitación y una página tras otra le daba para alejarse lentamente y de pronto verse perseguido por espías americanos… Atracando en puertos peligrosos y hasta, cara a cara, con el capitán de un barco corsario. Inspeccionaba un mundo de otras vidas oculto en su interior que podía descifrase entre las páginas de los tomos de Dumas, Dickens, Conrad, Agatha Cristie, Ian Fleming y Hergé.

Aquella mañana de enero, cubierta de una nube de plomo, habitual en todos los multifamiliares cercanos al cañón, una fábrica de municiones, era la mañana siguiente al día de su cumpleaños. Con catorce años, no recibir regalos le regaló la conciencia de saberse limitado en lo concerniente al mundo y que además no tenía en casa mayores vistas que un pequeño tragaluz ubicado por encima de la sala-comedor. Su madre aportaba su parte dramatizando los precios del colectivo, de los vegetales, de la carne y de la ropa, pero nada tan terriblemente escandaloso como para que su vieja dejara de comprar la revista aquella en la que ponían los chismes más candentes de los famosos.
Los libros le gustaban hacía ya tiempo. Un testigo de Jehová, que llamó a su puerta alguna vez que la madre no estaba, cuando Javier Colibrí le denunció que eran pobres, le refutó señalando que no se era pobre si se tenían libros. Desde entonces, sin la riqueza para comprarlos, se hizo primero con los que sobraban a sus parientes y después a los mercadillos para irlos cambiando después de leídos.  

El patio, los juegos, el colegio e incluso alguna chica. Lo hacían imaginar que aquella baldosa que le tocaba como centro operativo de la vida, de su propia vida –se decía consternado- era ridículamente pobre y además demasiado ya usada. Todo el resto de los chicos compartía con él la estreches y la heroica necesidad de inventar, en tal aprieto, fantasías que de tan vitales apenas eran reparadas por los ojos acostumbrados a ver una y otra vez a los más pequeños ir en contra de las realidades. No quería jugar la rayuela, ni al futbol, ni policías, ni ladrones. Mucho menos quería jugar a la guerra; quería jugar el juego aun si eran las reglas del juego las que no le permitían jugar.

El vecino de Javier Colibrí era Benito. Trabajaba como ponedor de postas en la fábrica de municiones. Se engominaba el cabello, tenía como tic nervioso limpiar sus gafas una y otra vez cada diez minutos aproximadamente. Benito no tocaba la guitarra, no tenía la menor idea sobre artes plásticas, respiraba trabajosamente y estaba, en secreto, preocupado por si mismo. Nunca nadie le preguntó al respecto, pero de haberlo hecho habría contestado que le daba gracia toda esa gente oculta tras una disciplina artística y sin el menor arte para vivir. Benito hacia cuatro años había enloquecido, y perdido el sentido justo de fantasía, tras ser abandonado por su mujer. En el barrio todos sabían que no era ya jamás el mismo. No después de haber sido internado y dejado ahí sin ni siquiera una visita. Por entonces hasta él echaba en falta su habilidad para sobreponerse de su miedo al movimiento; subía los escalones cogido bien del barandal y con la cabeza baja asegurando cada paso.
De tales casos se ocupaba Javier Colibrí, y Benito justamente era, sin saberlo, el vistazo más humano de un mundo que parecía estar solamente en los libros que Javier Colibri se quedaba leyendo hasta muy tarde; buscando en ellos los consuelos, las emociones y los peligros necesarios para decirse entonces a si mismo que había dejado de jugar y que apostaba fuerte ahora, en los juegos de la vida.

Devoraba libros de todo tipo y una vez leídos acudía con Rosa que, habiendo hecho con él el pacto de cambiarle los libros si él entregaba por escrito un resumen, se alegraba enormemente de presenciar el entusiasmo en uno de aquellos niños que, más allá de la esperanza de crecer, no tenían valor alguno para una ciudad que cada vez iba poniendo más tierra –y calles y autos y edificios- de por medio.
La tarde después de su cumpleaños catorce Javier Colibrí pretendía no salir de casa, y de alguna manera su ánimo para no hacerlo se sentía pesado. No saldría nunca más, salvo para lo indispensable y ponía como indispensable únicamente mudarse. Así estaba con un libro entre manos que no podía ni leer de tan resentido, con los ojos buscando un impacto de algo que se hiciera palpar y dijese, en una vital confesión, que algo iba según lo planeado. Por eso cuando escuchó entrar a su madre rezando a los santos y tropezando con todo, pensó que tal vez aquel alboroto trataba de una penumbra nueva a la cual dar las gracias por hacerlos más fuertes. No era así…
Benito, quien daba muestras del mundo a Javier Colibrí con sus manchas de aceite, con sus ojos callados y su hablar casi mudo, ahora se hallaba sin vida en el sillón de su casa, con las venas abiertas y dando en si mismo una imagen no muy distinta de cuando se le veía mirando, a donde la última estrella parecía no brillar de tan lejos.

Javier Colibrí no supo lo que sintió cuando el protagonista de la novela, en la que él tenía un papel por demás secundario, era declarado muerto, y suicida, por todos. No era el tipo de muerte habitual y aunque a todos asustaba; de alguna extraña manera Javier Colibrí sabía que lo peor era no haber cruzado nunca palabra con Benito, no más allá de un -buenas tardes- o de un -hola, ¿Qué tal?- .Ahora Benito, en calidad de santo, no podría contarle los horrores del hospital psiquiátrico en el que dicen le cambiaron por otro. Ya nunca se enteraría como fue sufrir el abandono de un ser amado -cosa que ni él mismo resentía por el abandono de su propio padre- Benito era ahora un cadáver, el primer cadáver fresco que Javier Colibrí podía mirar. Y sin embargo la sorpresa, y misterio, que en los otros chicos parecía subir en él era un agobio negro que le venía del mismo sitio a donde Benito parecía mantener la vista sostenida.

Pasada la verbena de un difunto en tales condiciones. Javier Colibrí, harto de las hipótesis sobre los sufrimientos que llevaron a Benito hasta tal desenlace, los culpaba a todos por las obviedades que les emocionaban: Que si una mujer puta y hoy en día morreada con cualquiera. Que si una santa que quiso hasta el ultimo día la locura de Benito. Que si una miserable falta de luces, caída en desgracia por su propia estupidez. Que si él otro muerto de hambre caído en el infierno que queda siempre después de besar el cielo. Todo aquello parecía infame como resumen de una novela tan rica en matices. 

Quizá por ello, o quizá porque en el fondo estaba urgente de venganza, Javier Colibrí se apretó contra el pecho el libro que llevaba y se juro escribir sobre Benito.

Por la noche, cuando le hacia un servicio literario como despedida a Benito, Javier Colibrí estimo necesario que, como método investigativo, él mismo tenía que haber hecho algún viaje al mundo; quebrantar alguna ley y desobedecer algún mandamiento. Entonces el pie de página no le disuadió de lo importante que sería habitar, por una noche, en casa del que era desde ahora la imagen muerta de un personaje vivo.
Sin necesidad de mucho sigilo –su madre dormía profundamente y resultaba casi imposible despertarle antes de las siete de la mañana- Javier Colibrí fue hasta la pieza vecina y sin mucho esfuerzo botó los seguros -que además eran idénticos a los de su propia casa- y entró en lo que había sido en vida el último hogar de Benito. Guiado por la fantasía, que le había ensañado a pensar, creyó milagroso que el olor a limpio fuese aun más fuerte que el olor a muerte que parecía salir en forma de humo de las manchas de sangre vertidas en el piso. Honestamente, sin ningún melodrama en su pensamiento, organizado como resultado de la primera adultez, se dijo, para dentro, que el amor era peligroso, esto al encontrar una foto de Benito con su esposa. La misma estaba por encima de la mesa de centro, frente a la cual el cuerpo de Benito había vertido su última gota de vida viéndose a él con ella, como ya no se veía ni en sus sueños.

La casa, que era pequeña, tenía los muros desnudos y esa sensación de estar a punto de caerse que dan los refugios. La pintura era de un color pálido pistache y a Javier Colibrí le entusiasmo la precisa melancolía con la que todo parecía puesto en su lugar. Se anotó, por encima de la fecha de cumpleaños de su madre, en la memoria el hecho de que hubiese dos piezas de cada traste; dos tazas, dos platos hondos, dos cucharillas y dos de todos los utensilios de cocina…Ya un poco menos nervioso -habiendo bebido leche del frigorífico, usado el baño y hasta encendido un pequeño reproductor de discos- entró en la habitación donde, al ser la única, suponía que Benito había pasado sus últimas noches. No encontró gran cosa, un orden más bien doloroso, otra fotografía aunque ahora únicamente de ella y dos almohadas de las cuales una brillaba, de sin vida e inmaculada. Todo aquello Javier Colibrí lo conocía, lo había leído en algunos poemas y novelas de romance escrito con muchísimo más atino que aquella simple, limpia e inamovible miseria. Sin embargo aquello era real, aquella vez los olores molestaban, el tiempo transcurría incrustándose en la piel como una sensación de frio y calor. Quizá a cuento de ello, quizá llevado por la cercanía que en su indiferencia le tenían las cosas, fue que abrió aquel cajón.
Era rojo y su rigidez lo hacía aun más impactante que la misma sangre. Se sentía áspero al pulso y de no haberse prometido no volver a jurar habría jurado que aquel libro latía. Sobrio, con únicamente un grabado en letras dorados al costado Las flores del mal. Javier Colibrí no quiso perder la oportunidad de presenciar las lecturas de los muertos; lo mismo a su vez recordó que cualquier personaje que se dignase a ser hombre habría querido que él novel espía, literato, tuviese aquel documento, que aun sin la seguridad de poder relacionarse con aquel final, podía amablemente ser la nueva primera palabra que escuchase en la boca de su ya amigo desconocido.

El regreso a casa se lo impuso más cuidadoso. No debía faltar mucho para que amaneciera y seguramente algún vecino podría, o bien, ir regresando, ó, estar por salir. Para él era excitante ver confundirse a los que van al trabajo con los que vuelven de curarse de una vida que ya se debe desde el día en que has nacido. Nunca fue un chico afable con los fines de semana, le parecían ruidosos; el descanso que se acumulaba en todos los sitios los días en los que la gente no tenía que ir a trabajar, era para él una raíz muy profunda de maleza. Sin embargo precisó con cierta dicha que el día por romper fuese sábado. Inclusive se prestaba para poder continuar con la labor de irse conociendo con ese personaje que salido de la vida incursionaba en la ficción, como un Quijote.
Pensó que no podría dormir. Anhelaba que su primera ventura fuese tan significativa que no le dejase tiempo ni de analizarla. Se quería sentir excitado, asustado o cuando menos inquieto. Lo malo vino cuando su determinación minó aquellas parábolas de dudas y sin mucha resistencia echo a dormir un sueño en el que no había rastro alguno de lo que soñó estando despierto...

En su descanso no hubo ventanales con los cristales rotos. Los bosques y las playas, llenos de campistas y turismo, no tenían anacoretas que profundizaran el horizonte. Después de todo aquel caló, proveniente de las multitudes, en su sueño no había ruido…ni llovía.

Javier Colibrí despertó durante la primera hora de la tarde, palpó el libro sustraído de la casa de Benito y no quiso abrirlo. Se guardó para el, se dijo no estar aun terminado. Le fue inevitable sentirse incomodo con el hecho de haber despertado tan tarde; su madre estaría en el mercado alucinada con el precio de las cosas y en tanto a él le tocaba lavar la loza, barrer y trapear lo que, durante las labores domesticas, dejaba de ser un pequeñísimo apartamento para convertirse en toda la duela, junta, de un auditorio. Se desilusionó pronto de su rebeldía y accedió a los señalamientos invisibles de su madre sobre dónde y cómo empezar. Pasados tres cuartos de hora la madre había regresado, las labores estaban terminadas y él, mochila a la espalda, se aventuraba al mundo buscando locaciones y peatones para la que sería desde ahora la nueva historia de Benito. Si bien los cuestionamientos, la palabrería en bucle, y los reproches, eran parte del día a día entre Javier Colibrí y su madre, esa tarde ningún de los dos se interpuso en los planes del otro. Fue como si se respetaran, cosa que cayó en gracia a Javier Colibrí.

Más allá de las siete cuadras permitidas, tres más de donde se encontraba su colegio, Javier Colibrí no había ido solo. A decir verdad no había sido necesario hasta entonces. Para él el mundo era tan grande que le resultaba absurdo, y algo patético, recorrerlo de aquí para allá y no de regreso. Cierto que con su madre había ido en algunos viajes, también cierto que las excursiones de la escuela lo habían llevado al zoológico y algunos museos, pero aquello no era el mundo, no era al menos parte del mundo novelado del que creía su naturaleza ciudadana. Por primera vez se supo fuera de lo que hasta entonces había sido su camino; se puso a la orden del destino y anudándose las agujetas repitió los nombres que él sentía que le acompañaban: Oliver Twist, Picaporte, El Principito, Athos, Queequeg y tantos otros pensamientos que se cruzaban en su mente como una red nerviosa y musical, previa al ascenso de un telón…
Avisado de los peligros, que se fraguaban después de pasadas las distancias, Javier Colibrí decidió bajar del colectivo en un cruce donde vio a un vagabundo comiendo con las manos lo que sacaba y sacudía de un tacho de basura; aunque con los parpados ensombrecidos por el tizne de la calle, daba cuenta de una luz inteligente en la mirada. Quieto y oculto, por una caseta telefónica, Javier Colibrí lo siguió hasta verlo recostarse en el tronco de un árbol, bajo la sombra. Lo dejó dormir o mejor dicho no hizo esfuerzo alguno por acercarse, pero tomó nota del hecho de que el vagabundo se quito las botas y se las puso a la cabeza como si fuese una almohada. Definió que aquel personaje no tendría lenguaje, pero que de él ya pendía la estética y el color de las sensaciones en su novela.
Avanzó, una y otra vez, después de detenerse creyendo haber encontrado algún vestigio de excepciones o costumbres honorables. El mundo en realidad no parecía ser tan vasto. La gente le pareció tan llana, y tan simple, que sentado en un banco del parque apenas se alegro por el vendedor de raspados que aun sin ser oído gritaba, orgulloso del dulce y fresco oficio que había elegido para pasar los calores; daba la impresión de que en invierno, con la misma simpatía, vendería chocolate caliente.

Pasaron horas y Javier Colibrí se supo falto de recursos; las ciudades tan abiertas, los personajes tan cercanos, los colores en el cielo, todos los pobladores, y hasta la luna que ya asomaba detrás de las fachadas de las iglesias, le parecían inanimados. Como llevados por un motor de cuerda que no estaba programado para detenerse y dar un paso peligroso. De paciencia también se escribe pensó y además Benito en realidad, de entre todas las acciones que parecía practicar, parecía más competente en la contemplación. Se embarcó de regreso intentando no olvidar como eran las cosas en el sentido inverso de su expedición, como rebobinando una cinta de la que quería conocer el mensaje oculto.
En su traslado lo que el dio por llamar tripulación eran mujeres de carácter marchito y al parecer sin algún recuerdo de boleros desenvainados en contra. No había Carmen, no había Helena, ni la cazadora solitaria, ni Mecha Inzunza. De los hombres le fue propio no pensar en nada, su decepción al respecto le hizo plantearse que como regalo les declararía sus enemigos, proponía estipularles una afrenta de educación y condescendencia. Súbitamente se fue distrayendo de a poco, no se dio cuenta que estaba pensando en nada. Una pareja enamorada subió en el colectivo y llamó, con su voz media, los ojos de Javier Colibri; los leyó completos, la osadía de él al decir el nombre de ella. El delicado y prudente asentimiento de ella ante las cortesías de él. Veía la impúdica parsimonia de aquellas manos entre las manos, no sabía que ya deseaba verlas malevas por los hilos titiriteros del deseo.

Dadas las nueve de la noche, y habiéndose enterado de que el departamento de Benito había sido sellado hasta que los dueños dispusieran su arreglo y después su nuevo alquiler, Javier Colibrí determinó que en algo su desencanto le acreditaba para leer por fin el libro que había hurtado, con nobles modos, de la casa del difunto que era ahora su personaje vivo. Sin mucha meditación fue corriendo las páginas. Se dejaba mojar por cada primera palabra y convencido de los limitados significados las veía alarse y rebotar frente a sus ojos; cambiando sin pasiones, y delicadamente, hasta el último color, irreconocible ahora en sus pupilas. Al reconocerlo como un poemario autentico y no como un ejercicio reflexivo, y narcisista, que hacen de sus vidas los poetas, arremetió sin cortesías contra aquel libro que en si mismo parecía definir el significado de la poesía. Se dejó todos los espamos, las palpitaciones, la saliva, el aire, el aliento, y sus sueños empezaron a girar por la habitación como sombras desbocadas de caballos.
En el libro estaba Venus, los profano, la crueldad, lo luminoso, los ángeles. En el libro estaba Dios, la huérfana, las astillas, la absenta, el opio, la luna, islas de dulces secretos, amargos escalofríos, cimas de montañas de cadáveres, jugadores osados que pierden contra el tiempo lo que esperan a que llegue, los corceles de la huida, la pasión de la venganza, la última oportunidad de un silencio, el galope de las alas abatidas por la belleza. Estaba él, y estaba Benito. Y estaba, en el juramento de la traición, la disolución de la venganza.
Javier colibrí cerro aquel valle de palabras lleno de sudores y de fiebre. Con el mundo aun por descubrir, no lo hirió que el libro que habría de vengar a Benito estaba escrito desde de antes; a él mismo lo oficiaba como el personaje principal de una historia escrita por un niño de catorce años. Recobró la estampa, pero ahora lo referente a él no era suficiente para llenar la nada…

Quizá la violencia fue el amor inagotable del que había sido víctima Benito a través de aquel jardín llamado las flores del mal.
Omar Street.

martes, 26 de marzo de 2013

Camboya; un fundamento, y rostro, que nadie conoce.




"En cualquier caso, rechazo el papel de quien corre tras los acontecimientos. Prefiero el de quien continúa su discurso a la espera de que vuelva a ser actual, como todas las cosas que tienen fundamento."

Ermitaño en París.
Italo Calvino.






Primavera; Una re sentida palabra en Camboya.



Ya es primavera
el hada de la luz
brilla sobre el aire
en un lacio movimiento
de infinitos
que aun si desvanece
no se rompe…

Corre el viento
Juguetón,
aventurado,
se revuelve en los cabellos
y bajando del norte al sur
bebe de las gotas de sudor
que caen sin advertirse de su entrega,
y tú escribes.

Reverberan los verdes,
se escuchan en las alegrías despiertas
que los niños guardan,
donde los colores se rompen
y hacen de los horizontes
una acuarela de sonidos
que invita a explorar el eco,
desde la copa de un árbol…

Suspensos que incursionan en los bosques
dejan como rastro el asesinato de sus huellas;
el murmullo concentrado
en la benévola labor de las hormigas,
el rumiar risueño de todas las ardillas,
rendidas al aleteo de los grillos,
haciendo vibrar
las ramas y las cortezas
como un llamado,
y tú escribes…

Los bancos de las plazas
dispuestos en su espera
a los encuentros;
tesoreros de besos primeros
que se hacen amores.

Es primavera
y en las playas
los recuerdos maquillados con sol azul
no sangran;
alhajando sus hombros
con el polvo dorado
que cae de los torsos desnudos
la memoria parece
un castillo de arena:

Los bañadores, los descapotables.
La seda, la manta.
El vaso largo,
todo el Caribe adulándose
en un ron con hielos,
y tú escribes.

Los pezones intencionados
como girasoles,
abriendo en una calma
su deseo por otro deseo…
los sexos genitales en efecto invernadero
como un huerto
con vides y fresas
al sur de California…

La hegemonía
que espían las estrellas
de un cuerpo derretido sobre otro;
brote de agua dulce
que se mueve,
que gime,
y se derrama.
Y que en el alba
trina con las aves
que regresan de la luna,
y tú escribes…
                     temeroso del festejo de la tierra.

¿Tan cruento fue el invierno que pasó?

Duele tanto sentir.
Omar Alej.

lunes, 25 de marzo de 2013

CamboyaLand IV






Alguna gente ama tan por encima
que su indiferencia
se atesora como algo profundo.
***

Alguna vez fui un hombre,
pero entonces yo era un niño.
***

Solamente olvidar es para siempre.
***

La poesía sana
y enferma;
extirpa.
***

Los perros ven a blanco y negro.
No tienen primavera,
de ahí que sean leales.
***

La excusa de alguien como yo
es alguien como tú.
***

¿Yo? Mediocre
¿Cómo hacer
para no hacer nada?
***

Si digo que lo que vi
fue el futuro
es porque lo que hoy callo
será el pasado.
***

Desear la sangre
es ser adicto a Dios.
***

Mimo a mi culpa
solo ella es inocente.
***

Me enfurece la paz de algunos
después me calmo;
no soy yo como ellos
***

La tierra tiene sitios maravillosos
aun así, la tierra,
es el último sitio que hubiese elegido
para vivir.
***

Si mañana, al volver,
encuentro un rostro conocido
le advertiría no reconocerme.
***

La gente como yo
se muere de odio…
por amor al enemigo.
O.a.

sábado, 23 de marzo de 2013

Camboya es una ciudad con un ángel guardia.

*Segunda entrega de "Cuentos para leer a Dante"


Querido Dante;




He empeñado mi palabra –me celebro por buscarla- y he firmado que escribiría para ti una docena de cuentos. A tu edad me es imposible engañarte y parecer algo que no soy. Esta es mi segunda entrega y a falta de personajes que pudieran alegrarte, y proveerte algún ensueño que funcione para despertar, te hablare de un cuento otro. Uno en el que suceden pequeñas lucecillas para que en ti se construyan los faros de los recuerdos y que te alumbren los caminos que aun no vieron faz humana, tus historias.

Somos todos ciudades. Con automóviles de lujo, deportivos, y donde los más privilegiados llevan alguna carreta tirada por caballos. Armamos tráfico, nos distendemos y a ciegas bordeamos la prisa, inconmovibles. Tenemos diseños de avenidas, enormes ventanales. Nubes, días de sol y estaciones. En este momento en alguno de nosotros está sucediendo un beso, un parque con palomas alrededor de la fuente; el banco de esa misma plaza donde un hombre ya caído en años, y olvidos, lee y re lee una novela que asegura habla de él.

No nos extrañe pensar que en alguno de nosotros se parte una sandia con el filo de una espada. Nos acontecen muertes, nacimientos. Luces de casas hermosas a las que llegamos de visita vestidos de nervios y con la garganta seca. Nos crujen fisuras de muros y mientras dormimos, algunas noches se nos escapa la luna y le encontramos revuelta en un lago; con los ojos abiertos de gratitud por ese torso desnudo y plateado que suelen ver las ganas adolecentes.

Amanecen las seis con once, se bate el cola cao; le restiran las sienes a Lucrecia y el vestido de tul ya le hace ver más grande. En televisión cabe el olvido, pero sin olor huele azufre la memoria.

Nos conquistan porque sí los artilugios nuevos, recortamos las tradiciones y las tradiciones nuestras de cada día se saben aun tibias y esperan por abrigarse en nosotros otra vez. Morder, crecer, banderas, nombres, sujetos. Y en los casos más asombrosos algunos tendrán sillas mecedoras custodiando una puerta abierta que espera los regresos pródigos de una mujer.

En los ordenadores pasan las palabras; circuitos enteros se queman por las lágrimas  de un aprendiz de farsante que suplica abiertamente le perdonen por no haber sido otro. Ondas de radio y canciones. Un golpe al mentón y de los sábados por la noche la maratónica empresa de estar vivos.

Los niños juegan en la calle a la pelota; alán lo minerales que aviva su instinto. Las comadronas mojan el pan en el café, sus casas suceden limpias y con olores de lavanda. Las campanas de la iglesia  atinan educadamente en los oídos de un poeta, y brilla un rayo, y ladra un perro, y una madre lleva en brazos a Martina, una niña colorada con las manos blancas abrazadas en los dedos de la Carmen.

Protobombas y juegos de artificio, diablitos, mascaras, mercados. Voyeristas en las ventanas y una competencia reñidísima de pulgares. Lo que fuimos cuando fuimos jóvenes. El alba desvaneciéndose de nuestras manos, como nuestras manos sumergidas en la tierra. Nosotros los candelabros en el rincón, el fuego en la estufa, la leña en las chimeneas y el último letrero de pase usted encendido en una hosca noche de noviembre.

Dentro de ti, y de mí, y de él, y de ella, va la música que bailan dos recién nacidos en una boda; una chica que escribe en una hoja en blanco los besos que aun no ha dado y el pastillero de Elvis Presley fotografiado en una revista que promueve la legalidad de la cannabis.

A más de uno lo conectan los caminos con castillos, se le ponen las manos grandes, las quijadas hoscas y el pecho le salta como un torrente adrenalino de aventuras. Se pone la cota de malla, coge escudo y espada; vuelve por la cena con cabezas de dragones acusando quemaduras en un brazo que justo por la tarde, y reflejado en los cristales, un rey descubre que para una caricia la mano derecha le hace falta.

Así es como estamos querido, repletos de recovecos. Hechos de barro con pecados, con crímenes, con vestidos rojos ceñidos a la figura de una chica que nos miro y no creímos que nos mirara. Afectos a cerrar los días y pasando las horas como sobres blancos en las manos, sin destino. Somos la dinamita, el traje oficial del policía. La marcha de los peregrinos. Los pianistas de los bares vacios. La oferta y la demanda. El calcio de la leche. Los vegetales y la asesina carne magra…

Somos el acantilado por el que un grito baja convertido en eco y somos quienes miran en la orilla de una mesa la otra orilla del mundo. Los bailarines de tap descalzos, los payasos devenidos en payasadas. Un cuerpo en otro cuerpo contra las paredes. Los médicos cirujanos incapaces a su vez de cercenar lo que quisimos ser de chicos. Somos fuego, ciclones, cemento, acero, te de tila, corrupciones, grandezas, ignorancias, cansancios. La objeción del horizonte cuando descansamos, nosotros somos las ciudades.

Omar Estreet

CamboyaLand III




Desde siempre he sido un caído.
Que a nadie extrañe
si me mantengo de pie.
***

Por principio he desconfiado
de quien pone el amor
por encima de la vida;
todo aquel que dice decir
que sin ti es nada,
aquel que opone su muerte sin tu compañía,
es mera forma y de forma…
mejor pragmatismo.
***

La experiencia peor
es el fruto
de lo que ya no podremos saber.
***

La idea de tener un alma
me atormenta,
he comido
y dormido demasiado.
***

La muerte de los enamorados
es el único amor para siempre.
***

No es mentira
que el hombre puede ser lo que quiera.
Porque es hombre
¿Por qué es hombre?
***

Nunca odie tanto a alguien
como para amarle toda la vida.
***

Solamente en la impostura
accedo a mí.
Existo.
***

Me hago esclavo de la vida
y la vida se me entrega.
***

Ya de niño
era más grande que hoy.
Hoy de grande
todo para mi es gigante;
la soledad
que mi cuerpo no llena.
***

Lo que ahora me atrevo
es producto de un miedo que antes tuve.
***
Omar Estrada.

Los días libres no son en Camboya.




Siempre supe
cuando el pensamiento de alguien más
estaba en otro sitio;

Nos encontrábamos por callejones parisinos,
nos cruzábamos en pasos cebras londinenses
e incluso, aun sujetos a un desvarió,
atravesábamos llevados por las manos
la misma puerta.
Todo eso mientras comíamos en silencio,
mientras ruidosamente,
como por creerlo,
nos anclábamos a un beso
que suponíamos una tierra firme…

Y en ella nos hundíamos.
Omar Estrada.

Camboya dedica un tango.



Que a nuestra historia
Le queden por contar otras historias…
Que sepamos que al pasar
el pasado es una mala copia del futuro.

A ti, con amor… un tango.
Omar.




jueves, 21 de marzo de 2013

Camboya, gente bonita allá en Lo Pesado.



1era entrega de “Cuentos para leer a Dante”



Chucu…chucu…chucu…al principio muy lento, hacia el trenecillo que iba de Lo Liviano a Lo Pesado. Chucu, chucu, chucu, chucu, chucu. Después a toda velocidad iba abriéndose paso en aquellas vías que cruzaban los frondosos bosques de Lejanía, la tierra que estaba entre Lo Liviano y Lo Pesado.

Su maquinista era Teso, un larguirucho soñador que llevaba siempre unido, en el tirante de su overol, la figura de un trébol de cuatro hojas hecho de plástico. Se ufanaba de las veces que aquella maquinaria parecía rugir con el descontento de una fiera y después tornarse en un ligero zumbido de mosquitos… 

“Molinillo” llamaba a aquel ferrocarril descontinuado que, a falta de algunas refacciones, se completaba con un sinfín de artilugios domésticos; donados, sin lugar a dudas, por los peculiares pasajeros que de sus moradas salían a trabajar  en la construcción de un muro protector, que protegiera Lo Liviano de todo Lo Pesado.

Teso era amable con todos, personificaba el mito del hombre callado y eficaz que, además, era capaz de incluir a todos en sus más nobles empresas. Dar por acabado aquel tren, él lo sabía, habría significado para Lo Liviano que los más pequeños dejasen de jugar con trenecitos de madera y a su vez que los más mayores no tuviesen el placer de viajar, en busca de caminos, en una autentica máquina de vapor. Heredada en vida por Abeja, otro maquinista que habiendo puesto su gusto a favor de la bebida cedió la dirección a Teso, quedándose contento en la barra del Ciruela, la única cantina en Lo Liviano, con sus cuentos y sus tragos de agua dulce.

Pueblo Lo Liviano era un mundo de disfraces donde nadie era lo que era. Los hogares se sostenían por música, sombras y palabras. El alcalde era Viruela, un viejo mimo que partía la plaza convertido, ahora, en un panzón amigable que amenazaba con disparar botones si no le eran permitidos los excesos de vainilla, veneno y chocolate. Entre sus funciones, como alcalde, la favorita de Viruela era escuchar canciones, le fascinaba la voz de los otros y siempre estaba atento a aquel lenguaje de palabras que de forma natural, los livianos, usaban para platicar sobre matemáticas, olores, sopas de letras y distintas proporciones de horizontes.

Para llegar a la estación de trenes, donde Teso esperaba cada mañana, los livianos pasajeros tenían que ponerse botas en sus habitaciones y desde ahí se trasladaban mágicamente a estar sentados en un asiento del vagón; de vez en cuando alguno se quedaba dormido, entonces a ese tocaría ordenar por orden de atracción sus libros y películas favoritas...

Todo aquello era el juego del teatro, del sentido, de la tierra y de los hombres como solamente una partícula del universo. Cada uno de los habitantes de Lo Liviano se sabía en sí mismo aun algo por descubrir. Se aplaudía por darle sonido al tiempo y se actuaba para despedir la juventud alegremente.

Cada ida en la mañana, cada regreso por la tarde, era por cruzar Lejanía y al hacerlo ver sus frutos colorados, que no eran otra cosa que sensaciones vivas por ser vistas con el alma. En equipo y simulando arqueros, trapecistas, hombres lobos y mujeres barbudas, los livianos iban a levantar piedra por piedra. No se preguntaban que había en Lo Pesado. Sin pensarlo mucho obedecieron el telegrama con las hilarantes indicaciones del alcalde y se pusieron por la labor de levantar un muro:

Lo Liviano en movimiento, Lo Pesado allá a lo lejos. Más allá de Lejanía.

Durante meses ininterrumpidos de labores, y a solamente doce piedras por levantar, ningún liviano había visto a algún pesado. No hasta aquel día en el que el cielo se cerró y dejo caer una canción de lluvia. Se escuchaba el cielo como una cascada y la tierra respondía como un techo de metal en el que el agua se impactaba, dejando alegres claves de tambores. Dormitando con los sonidos no escucharon acercarse a Milo

-¿Quiénes son ustedes?- preguntó Milo, que tenia la voz aguda como un silbato e intenciones de verdades y justicias.

Los livianos lo acercaron en seguida. Le tendieron las manos mojadas, lo mismo que la sonrisa sencilla con la que podían llorar sin decir nada; el rostro de Milo era un rostro sin mascara y su vestido carecía de medida y elegancia. Parecía confeccionado tristemente, con alardes: colores llamativos, estampados y telas flojas. No era un disfraz pero ocultaba, en su naturalidad, cierto aburrimiento. A ningún ser extraordinario les recordaba aquel hombre de ojos azules y aspecto pálido, que no usaba ni siquiera un corbatín. Les extrañaba verlo protegerse de la lluvia, su caminar nervioso y su tímida estampa; como recién descubriendo un nuevo apetito en una nueva mesa.

-somos los livianos y venimos de Lo Liviano. Estamos aquí construyendo un muro que nos fue solicitado a través de un telegrama. Mi nombre es Thiago, en verano me disfrazo de un algodón largo y en invierno de un gusano de seda. Te serviría dejar de evadir la lluvia; a todos moja y todos secamos un poquito el aire-

-pero ¿ese muro para qué es?-

El muro es para proteger Lo Liviano de Lo Pesado, de dónde vienes tú. Con este muro no permitiremos que a nuestro pueblo se infiltren cosas pesadas. Con este muro contendremos el paso del tiempo, la vejez, el fracaso, los reproches, el olvido y la tristeza. Nos mantendremos soñadores, sensibles y sencillos…aceptando la humilde ocasión de lo que es humano. Además, por cierto, me llamo Dan cuando llueve me disfrazo de lentes de sol y cuando hay sol de pararrayos-

-y eso de Lo Liviano ¿qué es? Este muro apenas mide algunos nudos. No es capaz de resguardar nada. Es, en todo caso, solamente un montón de piedras apiladas-

-Para hacer este muro nos ayudamos a cargar piedras. Para ayudarnos a cargar piedras tenemos dudas. Para creer en nuestras dudas atravesamos Lejanía. Para atravesar Lejanía viajamos en “molinillo”. Para viajar en “molinillo” Teso tiene que echar a andar la maquina. Para que Teso eche a andar la maquina necesita sentirse fuerte. Para que Teso se sienta fuerte necesita que lo necesitemos. Para necesitar a Teso necesitamos levantar este muro. Y para levantar este muro necesitamos ser livianos. A mí me llaman Dorian cuando hace mucha hambre me disfrazo de otoño, cuando hemos comido mucho me disfrazo de cubiertos de plata-

-…pero, que locura!, todo eso que ustedes dicen no es real. Los trenes se hacen viejos, dejan de necesitarse. Los maquinistas son reemplazados por conductores de trenes bala o por maquinas inteligentes, de transporte, que te dicen tu ubicación y se conducen solas. Donde se ha visto que un pueblo vaya y ponga unas cuantas piedras nada más para que un hombre conserve su dignidad, es ridículo. Piensen en ustedes; allá en Lo Pesado hay edificios para protegernos de la lluvia, verdaderos muros para preservar la soberanía de los países. En Lo Pesado hay señalamientos que te indican donde ir, terapias de autoayuda, y distintas disciplinas de arte en que la gente puede sobresalir y ser admirada y hacerse celebre. ¡Lo Pesado es el mundo de hoy!-

-en Lo Liviano no ignoramos que existen esas cosas, pero esas cosas son ignoradas por Lo Liviano. Para protegernos de la lluvia nos mojamos. Para que unas cuantas piedras se llamen dignidad primero las cargamos. Para la soberanía, primero el mundo. Para saber en dónde estamos, antes el sueño. Y para ser reconocidos, conocer primero. Generamos la fantasía y negamos el engaño; a mi llámame Tonto. Me disfrazo de melancolía en los principios y de esperanza en los finales.

FIN
Omar.