miércoles, 23 de enero de 2013

Camboya: Un enemigo aun más triste que yo.




Hombres, algunos,
no crecen jamás…

Tanto piden ser niños
que se amargan,
tirando lo que ellos creen golpes,
al verse en los pies la vista
y no ver
nada además
de los mismos esbozos,
congelados y en latas,
esperando la era
del campeonato mundial de serpentinas.

Quieren pantanos,
instaurar elecciones en el Partenón;
que alguien hable
de todos los libros
que no publicaron…

Solicitan,
a través de aspirantes
a belleza mundial,
trusas que usar por encima de lycras;

Y sobre todo
si ven
a un hombre acceder al imperio de los modales
ellos se piden la alcurnia
de maldecir en los muertos
de un aparato social
al que le comen la polla,
dignificando el non plus ultra
de lo que creen que es exceso:

Cantamañanas que creen que el humor
se aprende rimando
chocolate y pezones;
derivados del miedo
que suele sentirse
cuando en cada tiroteo,
a balazos,
el espejo es el malo…

Hombres que presumen de no presumir,
sencillez y modestia
que les acredita
como candidatos
al uso de alpargatas;

Dícese de gatos
que hurgan como perros.

Esclavos del ocio,
de la pantomima
y de rubricar
en escaleras retoricas
su posición under-fat
de consumidor pato Donald,
sex pepitas,
y con algo de suerte,
si es que es domingo,
su amor cariñoso
por todas las leyes de gravedad
que no han permitido
le baje la regla a Marjorie Dursley.

Benévolos periodistas
que nos cuentan sus vidas
esperando que a nadie (que no sea ellos)
se le ocurra vivir
como bien le convenga,
como a nacer le salga
de lo putos cojones…

Fanáticos amotinados
contra el dueño del circo;
culpables de nunca aprender
al mismo tiempo la pose
que los malabares.

Por de algún modo decirlo,
sospecho que en ellos
saber mirar se reduce
a negarse a sentir
lo que la inocencia destruye.

 Estrada.

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