martes, 29 de enero de 2013

Camboya, donde brilla la insania.





Que susto el abismo,
animados por encima
y sin saber caer…
la noche negra,
los oscuros crisantemos
que en el pico llevan los cuervos;

Una araña,
la profusa delincuencia
de las ratas
carcomiendo los cartones
de la tinta,
los numero romanos,
las raíces
y la rutina.

Que delicados los escudos
para protegernos de los rayos uva,
de las balas
que se caen como confetis
y de la incertidumbre
de tantos años más;
tanta historia menos.

Que voraces así nosotros
sin la performancia de la ética,
resguardando
nuestra credulidad
de la fe que Dios
perdió jugándose los restos…

Dejándonos llamar por las pasiones;
por la breva eterna
de todo el pecado en un solo momento.

Que miedo
que da el hambre.
los espasmos,
los inestables patrimonios
de las olas
y el fulgor irreparable
del comercio mayor:

El alma en vena. 

Que incorrecta
la carnicería de la carne,
las corridas de toros,
las púas…
los alambres
y el velo luto de la muerte  
en temporada la Cibeles;

La droga,
el coraje,
los insultos,
la palabrería,
y el indulto de la bestia,
qué pena que dan…
qué pena.

Que malvados los salvajes,
los soldados tributando las fronteras,
los pasivos, los mediocres.

La insania.

Que susto la vida
y qué alivio,
para el orden,
las dicotomías.
Estrada.

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