lunes, 24 de diciembre de 2012

Camboya; La realidad enterrada en la poesía.





La realidad es que no nací.

No vine al mundo
con carácter de urgencia
ni tampoco un arcángel
anuncio mi arribo
para después acatarse
a las dimensiones de un haz de brillo
pendulante
en las vigas de metal
que sostenían un cielo improvisado,
y sin estrellas…

Después de todo
no vendrán a contar
que la sombra de alguien falló
en la cometida que hizo
para borrar el recuerdo
de una gloria acostada,
cubierta de flores,
a orillas, tal vez,
de la cama de Steinbeck.

Lo que habrán de decir
es que nunca besé
el papel de revistas
donde venían desnudos
los primeros pezones
en los que di cuentas
de cuantas mentiras
valían
masturbar a la pena;

Pensar que aun pienso
en que, debido a una obsesión
con la lumbre,
no fui llevado
por las naves espaciales
que huían los domingos
y que nunca más
volverían a sonora…

No me atraganté de lágrimas,
no me vestí de loco
para probar
las dedicatorias
con las que aman algunos cuerdos.

No llamé
a quien no recordaba mi nombre,
no bendije la mesa
de quien me alimentaba con sobras;

No propicié
una guerra mundial
donde el ayer
prefería pasar
de la inminente llegada de un fotograma
llamado *futuro.

La realidad siempre fue esa:
Yo nunca estuve lejos.
Yo nunca mate de amor.
Yo nunca temí del odio.
Yo nunca ardí de fiebre.

Yo solamente fui yo
y no habitué jamás a mi voz
sacrificarse en el nombre
de lo que podría haber sido.

La realidad es pedirte
que no pidas que te diga la verdad,
no aun.
De la verdad no se vuelve jamás;

Del hecho
de que después,
para continuar viviendo,
dejé de vivir
todas aquellas vidas
que me estaban matando
y fue que otra vez
la realidad sostenía un avance
disparando sin tregua
sobre la luz arrendada
de una canción que mentía.

Fue una vida sin muerte,
un paraje sin peligros,
una epístola sin remordimiento alguno
y el mundo
entregado sin batallas…

Como la digo,
así,
sin poesía.
Omar Alej.

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