viernes, 23 de noviembre de 2012

Camboya, la pistola en el negocio del placer.





Algunas noches lo pienso
y no me duele:
tal vez por no tener alma
el dolor sea una propiedad
vitamínica de otros…

Y como a mí la juventud no me espera,
y como a mí tampoco
me crecen ríos de hojas
en los bloques de tinta
hago solamente las cosas
que un desalmado llamaría
el negocio del placer.

Me pongo y lloro
como cuando una lluvia,
en si misma,
llueve por llover;
colecciono lunas,
las forro con metal
rodeadas con estaño
y las guardo en mi pupila
dándoles insomnios
y café…

Colecciono canciones libres
sin corillos multitudinarios
que logren redimir
mi falta de aprendices…

se olvidaron de escribirse
y en mi ellas cuentan con silencios,
somos de una forma predilecta
y en algo
fuimos, del futuro,
un esfuerzo por pasar.

Entre el vaho del espejo,
la luz roja
y la porcelana que tiene todo olvido
nos decimos perdonados
los culpables:
corrientes jugadores
que a cada luz
llevan su escapulario de venganza…

He debido perdonar también,
me lo supongo,
pero también sin tiempo
los relojes,
y entre todas las distancias,
sembraron, en cada autorretrato,
apenas un deseo insignificante.

En realidad no es lo que digo
lo que estoy diciendo;
en realidad un alcatraz
es una sola espina…

Por perdedor perdí en la magia
guardé
y sin saber donde lo hacia
me di a los sueños
de una piel que era
terriblemente
y duda.

Sospecharon de mí
cuando fui a entregarme,
el juez de paz
desestimo su propia guerra
y como si nada fuese
me dejo conmigo mismo
dibujándonos modales en un taxi
sobre el clima…

Yo ya he terminado
vivo viviendo un libro
en el que escriben sobre muertos;

Quería en realidad
muy poca cosa
algo más
¿por qué no?
que una esperanza.

Todo ello,
lo pienso,
lo hacemos solamente
algunos desalmados.
Omar Alej.

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