viernes, 23 de noviembre de 2012

Camboya, donde los hombres monos.





Aquel hombre
tiene los ojos azules
como piedras negras,
los talla con las manos
convertidas en corteza,
y el iris en su mirada
es un fuego rabioso
que lucha dentro una cueva
contra vértigos
y sonidos de batir de alas…

Tiene el rostro
marcado por arrugas
que son memorias
extensas como ecos;
el cabello ralo
custodiado por un sombrero antiquísimo
robado de una maniquí
en los almacenes de basura
del barrio de Belgrano.

Su silencio dice
que lleva la barba cristiana
en homenaje de una mujer
que asesinó,
sin suerte,
al mayor de sus tres hijos.
el chico le acompaña
sin hacerse ver,
solamente está presente
cada once minutos
cuando revisa que aun posee
la manía de buscar un reloj de bolsillo
empeñado a cambio de tiempo.

Viste un traje brillante
y debidamente arrugado,
un par de guantes
que se sobresalen
protegidos del frio
entre sus antebrazos:
oculta lleva una moneda
es un deseo –se dice-
es un deseo.

Aquel hombre
es un dios como los de antes,
caído en desesperanza
por su amor a los hombres…

Aquel hombre en definitiva
no eres tú,
no soy yo,
y ni puta falta
que a él le hace.
Estrada.

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