miércoles, 4 de enero de 2012

We'll always have Camboya.





Hace algunas vidas yo tenía toda la alegría del mundo metida en esta casa. Cuantas veces miré al cielo agradeciendo por ser D´Artagnan y el propio Dumas, además de tener entre mis propios mosqueteros a la que por entonces fingía ser mi mujer. Ramona llegaba después de haberle roto el corazón a su marido, mientras que yo por entonces no sabía si el corazón lo tenia roto o simplemente había resuelto dejar de usarlo. Entregados a nosotros estaba el resto de la legión mosquetera; Federico que por entonces se refería a su incapacidad para tener mujer como si de una viudez se tratase, Toño que no solo no tenía mujer sino que además había votado por estar enamorado secretamente de Ramona. Así los cuatro, hace algunas vidas, vivíamos lo que la vida nos iba dejando.

Ramona se convertía en cada encuentro en una sonriente y vulgar ama de casa, con oídos para todas las necesidades y con vistas a los recovecos más sensuales que tres hombres hayan visto. Me amaba ligeramente ó yo así lo sentía. Verdad era que tenía prisa y que pronto se iría, a reunir de nuevo su propia legión de enamorados. Diciembre había acabado, enero era una losa fría en la cual andar descalzo y tanto me beso que no recuerdo que pensaba yo al sentirla cada vez más próxima a la huida. ¿Para qué te salvan las mujeres?¿hay acaso en ellas la necesidad de ser el único verdugo?

A hoy son ya 6 años sin Ramona y a Ramona aun la bailan mis amigos cuando vienen. Son casi de rutina los sábados a la tarde; Federico asando la carne en el carbón, Toño con su espalda ancha y esa panza histórica vigilando la siempre insuficiente hielera con cerveza. Es así como nosotros tres, dejados, viudos y sobre todo solitarios viejos, acortamos la distancia entre el fin de semana y los lunes, inicio de trabajos.

Les cuento un poco sobre nosotros para hablarles un poco de Ramona. Ramona que fue durante casi un mes la más guapa acompañante de la que se me haya visto acompañado, que además fue también, siempre, una excelente confidente de nosotros. Tal vez porque le parecíamos ya unos señores, le diera ternura nuestro desdén adolecente por las modas. Mis recuerdos me dicen que era bajita, de cabello negro y ondulado, espeso como los atardeceres de rancho. Tenía, a pesar de ser baja, unas piernas largas y los ojos grandes le hacían parecer una nodriza india. Ramona era un cumulo siempre de alegrías, contaba chistes de los que olvidaba el final, decía mentiras de las que olvidaba el inicio y sobre todo bailaba, amaba las bodas y bailaba, amaba los nacimientos y bailaba. Yo, que soy imbécil, por entonces no quería casarme, ni tener hijos, ni bailar.

Su alegría me parecía exagerada y sin embargo cuanto me alegraba verla sonreír, cuanto me alegraba ver su rostro una vez que hacíamos el amor y me decía que yo era el mejor amante del mundo mundial, y es verdad que aquello no era cierto pero ella lo sentía así y así me lo decía, siempre con esa alegría que parecía exagerada. Toño me decía que ramona le gustaba, Federico me decía que Ramona era mucha mujer, yo les decía que era a veces muy ruidosa y que lloraba, que lloraba todo el tiempo. No era feliz allá en el sur de california ni con los leones marinos, ni con la playa, ni siquiera lo era estando lejos de mí, como ella decía. Concluía, ante el asombro de mis colegas, que esa mujer de alegría exagerada simplemente no sabía ser feliz.

A hoy son ya 6 años sin ella y aunque ha habido muchas otras compañeras, la huella de ella es la única que vive entre nosotros, y a pesar de mí. Toño la recuerda casi siempre cuando surge el bolero aquel de “júrame que aunque pase mucho tiempo…”  Federico la nostalgía cuando queda un último pedazo de carne y nadie hace por comerlo. Entonces a la hora en que los tres pasamos de las palabras a los gritos, bailamos con ella y ella baila toda descalza sobre el pasto. Mueve su piel morena y sus ojos cierran para abrirnos mundos de pecados y placeres, contonea su voz recordándonos que no somos más que tres esclavos del pasado que se ha ido. Cuantas veces he sentido su mano cruzar por mi cabeza, cuantas veces he callado mi pulso para no llamarla. Si Ramona nos viera a hoy, y 6 años después de que se fue, nos diría que esta orgullosa de nosotros, que le alegra (sin hacerla feliz) que hayamos mantenido la costumbre de no olvidarla.

Hoy Toño se fue justo cuando amanecía y solo dijo adiós, pero sus ojos decían Ramona. Federico se fue después, y una vez que había acabado de explicarme su teoría sobre el demonio. Su boca dijo -me despides de Ramona-, pero sus ojos decían que ojala no se hubiese ido.
Por ello es que los 6 años los asumo yo solo, limpiando una cocina que ya no huele a ella, sentado en un comedor sin crucigramas ni revistas, tumbado en un sofá sin lujuria ni deseo, metido en una cama sin calor y sin agitar. Son seis años que cumplo sin su parte de la historia y regodeándome tristemente en la mitad que yo aun tengo. Por eso hoy su cabello está en mi mano, su palabra está en mi oído y mi voz se interrumpe con un beso embarrado en mayonesa. Ni siquiera soy capaz de recordar maldad en ella. Mi Ramona era siempre pura.

Siempre que algo escribí le gusto por puro gusto, siempre que en algo le falle me perdono por puro amor, siempre que algo conteste me creyó por pura fe y siempre que algo no era bello lo corrigió de puro encanto. A 6 años de que se fue puedo recordar que de tan buena no reconoció que me dejaba por otro hombre, sino que me dijo –te dejo por ti, porque tú no eres lo que quiero-. A esta hora, sin Toño y sin Federico, la bailo yo, y además bailo con ella. Uso una alegría exagerada aun si hace 6 años que no consigo ser feliz.
Omar Alej.