jueves, 12 de enero de 2012

Eternos olvidos en Camboya.




Al principio olvidarte fue un rayo,
un tren que colaba en los átomos de la distancia
desnudando los torrentes circulares de la memoria,
un método combustible en el que ardían
los olvidos.

Antes todo fue poesía,
una pieza de luz con
sinfonías lunares que bajaban a la tierra
por besar las huellas que pisabas para irte.

Te olvidaba a media noche
con tu imagen fusilada contra las ventanas,
como a un fantasma te tuve miedo,
curiosidad y fantasía.

Olvidar era el magma de los intrusos,
caminar dejando caer tus besos como monedas,
salpicar los jardines con tu savia,
contener los impactos de la prisa con tu cuerpo
y meditar, sin derecho a hablar de ti,
sobre la fuerza misteriosa
que en la muerte había, sin sabor e incolora.

Hasta ayer olvidarte era un arte propio,
una cuenta que saldar con los futuros,
un testimonio romántico a favor de los azares… 

En casa se movían las cosas,
en otras cosas las casas carecían de alma
y en cada habitación de hotel un niño danzaba
pintando en las paredes cada uno de tus nombres.

Hoy olvidarte es corriente
tú recuerdo que era como un rayo,
partiendo en zigzag por los cielos,
se consume como un cirio sin pecado
y andan mis pasos sin cruzarse contigo en los restos de agua…

Te olvido humanamente,
rebosante de diferencias,
de injusticias,
de castigos…

Te olvido como a Dios,
emulando los detalles
que se asientan bajo los escombros
en los terremotos;
Y otra vez de nuevo yo
sin ese hilo de memoria
que sutura las grietas que dejan los olvidos.
Omar Alej.