miércoles, 4 de enero de 2012

Huérfana Camboya.





A mi padre lo negué tres veces ayer
antes de irme a la cama.            
Entonces era de tarde, tal vez,
y bueno
no tenia en mi la voluntad de hacerme cargo
del cuento ese del canto del gallo,
lo negué porque sí
y también porque no…

Lo negué a sabiendas
que los compañeros en el colegio
tenían un padre verdaderamente honorable
al que no necesitaban negar
para que les sustentase la existencia;
Estaba Matías
con su padre que fue bombero de toda la vida,
además de llevarlo a diario cargando
hasta la puerta del aula
y eso por no hablar de Judith
que no contenta con ser la chica más hermosa
que yo haya visto jamás
tenía un padre periodista.
A ella no le importaba mucho que ese padre
hubiese muerto buscando la noticia
cuando los atentados en la estación de atocha…
Gentil y sobradamente bella
Judith decía de su padre cosas
que ya habría querido imprimir en sus páginas
el diario del mundo.

Por ello fue que negué yo a mi padre
entonces me dio igual si era de día, o de noche,
o cualquier hora,
la cosa era negarlo,
hacerle existir a fuerza de borrarle
al rostro de las ausencias su cara.

Tampoco crean ustedes que recuerdo su cara,
ni su voz,
ni sus enseñanzas,
ni su andar,
ni sus regaños...
ni sus risas frente al televisor…

No recuerdo sus manos despeinándome
ni su espalda protegiéndome de la luz,
no recuerdo tampoco a mi madre
diciendo su nombre al gritar por ayuda.

Fui a negarlo por ello
y de haberlo sabido
habría esperado el cantar del gallo…

Tres veces o quinientas
lo habría negado
si él me hubiese reconocido una sola vez.
Omar Alej.