martes, 12 de diciembre de 2017

Mirándote a ti.


Estar aterrados por aquello que vimos nos mantenía concentrados y seguir manteniendo la mirada; no fuera que aquello –en realidad, fuera peor.

Diario de un Moto/Circuito (2017)
Omar Alej. 


Si me abres los ojos
podrías ver los caminos
que rodean la ciudad;
por alguno habré llegado  
y por otro me habré ido…

Algo debería estar ahí,
todavía, picando la lente,
de la tormenta de arena  
como una venganza
y la sed que después  
no se podía controlar
con galones de agua salada.

A partir de entonces,
junto conmigo,
habrás visto la rabia
del hombre al que di las noticias
sobre el paradero
del mayor de sus hijos.

Si me abres los ojos
ten cuidado al romper
la cortina de baño
con la que se ahorcó;
yo tengo un corte en la mano
que no me deja dormir.

Dentro,
con la densidad
de gotas de lluvia,
pechos, caderas,
ombligos, lunares
y el color de la sangre
en su dentadura
tras una mordida.

Tal vez te sorprendan brillando
un par de pendientes de cristal
con forma de abeja,
la niña callada al centro del coro,
la ceniza en la lata arrugada,
la cuchara podrida
y aquel contorno de baile
que quiso la luna sobre una pista de carreras.

Si me abres los ojos
es necesario el sonido de los tractores
como instrumento de corte
y quizá no haya nada;
pero estaré mirando,
mirándote a ti.

Omar Alej. 

lunes, 11 de diciembre de 2017

Viaje aquí.

Compartimos un rostro atrabiliario
en distintos espejos y distantes
los finales nos tañen separados.

Abmaterialización (o ubicuidad). Roberto Merino. 


Fue duro tener que llegar,
para darte cuenta
que no existe Londres,
Inglaterra o Tony Blair.

Qué emocionado que estabas
en la pendiente
de tu boleto europeo,
cambiando de mano,
como si fuera una hoja caliente,
el misterioso destino…
sin sospechar que París
brilla mucho más en la sala de un cine
que no padece la memoria del río Sena.

Ahora pones monedas
en el bote de las maldiciones
aún estando callado.
Amigo mío, un avión
no saca a nadie del mundo;
fue lo primero que viste
cuando se abrió la escotilla.

La postal que no enviaste
-la que no recibí-
no ha viajado más lejos
que nosotros dos
en el juego de Risk.
Tú tomabas Berlín
y luego fuiste volcado  
a perseguir la hidalguía.

Así llegaste al confín
de lo que tus ojos soñaban;
pero qué mal te sentó,
al despertar,
que lo que soñaste
fuera solamente el vomitorio
de un circo.

Sé cree que la vida
está en otra parte;
se siente lo lejos
como si fuera el volver
a nuestra esperanza
y si seguimos aquí
es lo que queda
de lo que hemos perdido.

Hermano,
es muy linda la luz
en la fotografía;
pero a ti no te veo.
Sé que estabas pensando que aquel
podrías haber sido tú.

Omar Alej. 

viernes, 8 de diciembre de 2017

Mi transformación sigue siendo un animado extracto del vacío.

“Había dormido toda la noche en ese río callado, como un bote en una corriente silenciosa.”

Crónicas Marcianas (Ylla). Ray Bradbury. 


La radioactividad de aquel río
de piedras a la mitad del desierto
me convirtió en este pez
que camina oliendo a escamas
y boqueando a través de tantas cosas
que no entiendo.

Aún no sé de lo que soy capaz
y no sé si con  el tiempo
conseguiré la forma de llegar a saberlo.

Mi transformación
sigue siendo un animado
extracto del vacío.  
Cuando salí del agua
me encontré con la belleza
de la faz de un huracán
que descansaba en mi cabeza,
solitario.

De repente
-ahora mutado- sucedieron
las mil lunas que conté
mientras que el hambre
se volvía lo que había de comer
y fue por eso que nunca regresó
-a nuestra casa- el cordero de dios.
El maldito bicho flaco.

La version se hizo indistinta
y cambió mi voluntad por escapismos
e insolvencia intelectual.
Volví de los lugares
a los que nunca fui
y dormí como si fuera
aquel otro que salió del laberinto
y se hizo, con los años,
de un pálido color de piel en el papel.

Títeres de seda,
construcciones con agujas
en mis ruinas, intestinos.
Diplomacia con la sal,
póstuma eventualidad,
brindis de cumpleaños con cicuta,
copas de unicel, amor de armar,
moratoria del destino.
Folletos de un país
que no se llama Rusia,
ventrílocuos callados,
dormidos en el sol de Buenos Aires,
insectos figurando la ficción;
veliz y contrabando…

La intermitente luz de aquel billar
me convirtió en este humo sin geografía
que se extingue través de tantas cosas
que no entiendo:

El mundo de las leyes  
se tornó en la dimensión de los absurdos
y yo tengo ahora el poder
de ser ese que se cae
mientras observo su caída;
porque voy del brazo de su mujer
y de ella lo mejor también es nada.

Omar Alej. 


jueves, 7 de diciembre de 2017

Shameless.


"No me queda energía para ocuparme de los grandes problemas del mundo".

La Mancha Humana. Phillip Roth. 

Qué bonita que es tu casa;
esa casa que quedó
en un solo pie junto al peñasco
cuando el filo del temblor
rajó en pedazos el concreto
de cada sueño a la redonda.

Ya lo sé que ahí no están;
pero quiero ser también un mentiroso  
cuando digo lo que he visto
y a través de tus ventanas…
si he querido ver un lince
lo he mirado recostarse
junto a ti y vigilar mis intenciones.  

El café peor del mundo
lo probé en tu cafetera,
directamente
y sin servirlo en una taza;
te sentiste por primera vez
acompañada.
Eso fue lo que surgió
entre tantos
otros temas de evasión.

En tu cama han dormido
mil mejores comisarios
del placer y el sexo duro
(duradero y sostenible).
Yo tomé cosas prestadas
de tu cuerpo
y las conté sin ser discreto;
justo ahora el sector más marginal
de nuestro barrio está enterado
que al follar gritas el nombre verdadero
de Godot y está esperando...

No te alcanzan los dineros,
no hay cortina en la bañera.
Nada más que ese colchón,
sin una base,
es tu escalera pa subir
al mar de fondo.
Cada grieta en las paredes
aventura viento frío
que calientas con la ávida
parrilla que robaste
de un camión de mercancía hecha en Taiwán.

Nada temes,
todo pasa y nada importa.
Te entretienes en saltar
la hegemonía de los dramas
y sonríes mientras fumas
un canuto;
porque yo acabé muy pronto
y ya me voy
de tu casa que es bonita
y no cayó cuando el temblor
rajó en pedazos el concreto
de cada sueño a la redonda.  

Omar Alej.  

miércoles, 6 de diciembre de 2017

Se roban la luna y ya no puedes saber que te quiero.


¿Cómo te atreves siquiera a aproximarte a estas puertas sacrosantas, con las fauces aún ensangrentadas por tus últimas cruentas refecciones, asesino?

El reincidente. Rafael Sánchez Ferlosio. 


Se roban la luna;
pero tú estás lejos
y ya no puedes saber que te quiero.

Estuve cortando los vasos
con la hoja del estilete
que dejaste bajo mi almohada
porque suponías que mis sueños
eran los que motivaban tus pesadillas.
Yo también quería defender
tu derecho a dormir
abrazando la almohada
que droga la memoria…
ahora con la carne del vidrio,
abierta, veo que el insomnio,
además de la lucidez, sana con la enfermedad.

Se roban la luna,
pautas paz con las olas
y estás harta de todo;
que no te confunda volver 
todavía siendo la tarde.  
Ya ni la estrella marina,
ya ni los gatos,
ya ni la blanca consciencia
en la espalda desnuda
de una mujer negra en la orilla.

Se roban la luna
y ya no puedes saber que te quiero.

En los libros de antes
parece resuelto lo que pasa ahora…
sabías que no sirve de nada
hablar del árbol
que apagaba el portal de tu casa,
como luz de las sombras
que hace un esqueleto,
si no hablamos –también,
de quien lo observa quemarse,  después.

Yo también lo sabía,
como el amigo que era portero
de un hospital,
e ignoré las fregonas,
las cubetas, los trapos,
el algodón, las jeringas y el azul casi roto
que sonaba en la radio
y llenaba el cuarto de servicio;
ahí donde había un portarretrato sin fotografía.

Se roban la luna,
dan paso a las horas,
a la espada sin filo
que son a veces los sueños
y ya no puedes saber que te quiero.

Los terrores persisten,
ahí hay uno que ríe,
acá hay otro que canta.
La corriente del río
parece otro nido  
porque ha llevado la sangre
a las venas del mar;
pero hay noches sin aire
donde lo que se respira
es aquel mismo terror
que ocultamos detrás de deseos.

Ya no se vuelve la vista
cuando la oscuridad se revela.
Se roban la luna
y ya no puedes saber que te quiero.

Omar Alej. 

martes, 5 de diciembre de 2017

Empezar a llamar pan al vino.


Desde siempre, nunca he deseado otra cosa que ser un gran escritor y la gloria inmortal, pero ya se ve y se entiende a lo que han quedado reducidas las ilusiones.

Los diarios de Emilio Renzi. Un día en la vida. Ricardo Piglia. 


A partir de ayer
la gente a la que conozco
no me reconoce.
He cambiado de fuentes,
para saber lo que sé…

Como era un idiota,
un niño idiota con mocos
y me gustaba escribir,
inventar historias
y mentir de cualquier manera,
me llevaron a ver
la crucifixión de Jesús.

Aquel día fue precioso;
el sol arriba,
en su justo lugar.
El viento corriendo,
sin más competencia
que volver a llegar
desde donde venía…
no sé qué decir del camino,
nunca supe muy bien
donde empieza ni dónde termina;
pero al menos las calles
se poblaron de puestos
con venta de telas, sombreros
y jarros. De una multitud
que se agrupaba
en muchas decenas de gentes.

Íbamos a ver a un hombre
al que clavarían en la cruz,
pasaría frente a nosotros
y disfrutaríamos de verlo doblarse
por el peso de su condena.
Además, decían,
iba a llevar una corona de espinas
y un azotador que le azotara la espalda
a cada paso que diera encarnando la sed
más amarga.

A mí me dijeron que guardara el recuerdo
que escribiera sobre eso
y que en lo posible
lo volviera memoria  
de las cosas que somos
y de ciertas cosas que hacemos
con lo que nunca seremos.

Tal vez me dio pena
el sufrimiento y heridas,
en lo que se iba convirtiendo…
me impresionó que el silencio
y el ruido
estuvieran hechos con lo mismo.

Le dieron muerte
y la fiesta se convirtió
en un gran caldo
de efervescencias.
Estaba el sueño pasando.
Se había logrado la muerte de dios  
y yo me imaginaba escribiendo al respecto;
pero resucitó
y con los truenos de su voz de fantasma
nadie pensó que aquello fuera un milagro.
Era la resurrección de la muerte
y cuando todos salieron huyendo
mi pueblo quedó abandonado.

He conseguido
no querer resolver el misterio
de aquella sangre brotando
y convertirse en promesas.
Hoy han declarado que el hombre  
ha superpoblado hasta el mar  
y a partir de ayer
la gente a la que conozco
no me reconoce.
Yo estoy por servir dos copas
y empezar a llamar pan al vino.

Omar Alej. 

viernes, 1 de diciembre de 2017

La llamada, para pedir cocaína.

"Un tiburón puede comerte una pierna o puede comerte entero, eso depende del hambre que tenga."

Lo peor de todo. Ray Loriga. 


Hola Tom ¿cómo estás? ¡Leela! hola y ola de la mar ¿dónde estás? necesito pedirte un favor, por favor. Dime ¿qué pasa? ¿ahora qué? solo te advierto que sigue siendo muy extraño esto de ser ex novios y que sea precisamente conmigo con quien corras cada vez que necesitas algo. Leela ya lo sé, no te pongas así, te prometo que es la última vez ¿vale? Tom, siempre es la última vez; pero venga, dime ¿qué necesitas? Te cuento, es que estoy medio colocado, muy contento; con unos amigos nuevos que conocí y pues no quiero cortar, el lio es que ya no tengo dineros –tú sabes- y aunque sí hay de tomar se nos acabó la coquichi, el periquito, la dama blanca, el contenido freudiano de nuestras perversiones. Vale y ¿qué quieres que yo haga? yo no tengo, fúmense un porro o sigan bebiendo, si se acabó se acabó. No Leela no digas eso, recuerda lo que decía Máximo Gorki <<es, cuando menos, vulgar culpar a los demás de lo que uno deja de hacer>> Tom, la frase no es así y no fue Gorki quien la dijo ¿No? ¿como es? ¿quién la dijo? Da lo mismo, lo siento; si fuera algo importante me llamas, no para estas cosas. Oh, perdona no quería incomodar tus horas de sueño; siga durmiendo, siga durmiendo y no veas debajo de la cama, recuerda que te da miedo encontrar ahí a tu amiga desparecida. Qué odioso eres Tom ¿qué significa ese tono? ¿se supone que estoy mal por querer dormir? eres idiota. Al menos soy un idiota liberado y con la fuerza suficiente, para ser quien quiero ser. Ah muy bien, muy loable; pero ¿y la cocaína? ¡Bruja! no te burles, es en serio, ayúdame.  A ver, Tom, me imagino que es un disparate de los tuyos; pero –exactamente- ¿qué quieres que haga? Gracias, Leela ¿de verdad me vas a ayudar? Yo no he dicho eso; pero cuéntame, igual ya se me ha espantado el sueño. Pues eso, guapa, que estoy en una movida muy chula y pues hace falta materia y quería pedirte –por favor, me ayudaras a contactar con tu dealer. Qué joda, Tom, pues te paso el numero; pero a ver si te contesta. No Leela, no, el tema es que yo no puedo ir y además no traigo dinero; lo que te pido es que lo contactes, le pidas tres o cuatro gramos, vayas por eso y lo traigas acá; ya después te vas
…………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………....

¿Leela? ¿sigues ahí? Qué demonios, Tom, es que no me lo creo ¿Qué? ¿qué pasa? es solamente un favor, yo lo haría por ti. Que me lo pidas me hace querer hacerlo y al mismo tiempo avergonzada de mi misma ¿nunca te has planteado la posibilidad de que tenga dignidad? Leela, no digas eso, somos más que esos trucos de lo que es bueno o malo, lo correcto o incorrecto; somos caballos salvajes como la canción de los Stone. Claro, siempre y cuando se te cumpla cada capricho, que además te inventas –siempre- estando morado de contento, no Tom; no va y tú no eres Keef. Qué mal, me había emocionado, a veces todos esos francotiradores, de todas las azoteas, se van a tomar una cerveza y en su ausencia yo puedo disfrutar de cuatro rayas escuchando canciones o el disco de Berlín; como hubiera querido Lou Reed. No creo que a Lou Reed le hayas importado, es más; no creo que a nadie le hayas importado. A ti te importo, Leela ¿te importo? Voy a comprar tres gramos y me los vas pagar, además me voy a quedar uno y nada de que te los dejo y me voy; me quedaré a ver si yo tambien te pido algún favor. Bienvenida. Nada de bienvenida, no te hagas el amable ¿con quién estás? ¿quiénes son esos amigos nuevos? No hay nadie Leela, estoy solo, acá te espero, no tardes.

Omar Alej.