jueves, 20 de julio de 2017

Yo pensaba que amarte era herirme (No te enamores de un cobarde).

«Me pasé la vida aprendiendo a sentir menos.
Cada día sentía menos.
¿Eso es madurar? ¿O es algo peor?
Uno no puede protegerse de la tristeza sin protegerse al mismo tiempo de la felicidad».

Tan fuerte, tan cerca. Jonathan Safran Foer.


Yo pensaba que amarte era herirme
con los pálidos faros
de un coche que derrapa
a través de la nada
de una ciudad vacía;
dejar para luego un acontecimiento cercano
como escucharte cantar con palabras distintas
las canciones de siempre.

Yo pensaba que amarte era herirme
enquistarme en aceras
donde la soledad se comprende
con la agonía de un ángel guardián;
suspirar por tu aliento si te encuentro lejos
y no hacer el más mínimo ruido
al sentirte cerca,
para no deshacer el encanto de un hielo
en forma de alas rotas.

Yo pensaba que amarte era herirme,
despreciar el momento de la pura locura;
manejándome incierto
a través de las horas que incurrían en el agua.
Como si fueran anzuelos repletos de peces
que después desprendían
con el gesto sublime de un niño
atrapado desnudo a la orilla de un río.

Yo pensaba que amarte era herirme
porque era un cobarde
y pensé del amor
que el amor era un sueño
al cual dejar escaparse:

Yo pensé del amor un poder
y quería imponer la épica adversa
de los inviernos y las prisiones;
desfiguraba la espera,
esperando que fuera
una entrega absoluta a mis años perdidos
a través del futuro y también del pasado.

Pero cuanto me amaste, tú.

Con un lugar para mí y las intrigas
de los rancios poetas
y con otro lugar donde un plato de sopa
y los besos calientes…

El amor fue salvarnos,
construir sin descanso
la ficción imposible
contra la realidad obligada:

Despertar tras la luna,
bajo la oscuridad de mil cielos
y encontrar la palabra…

Porque Camboya es un sitio
a donde amarte es atreverme
a sentir que te amo
muy por encima de las leyes oscuras
o el destino fatal
con el que resguardaba
mi huida hacia la distancia
que me cubriría;
pero sin poner sobre mi más que miedo.

Omar Alej. 

miércoles, 19 de julio de 2017

(Solo en casa)

—Ea, ya me he dado a mí mismo un abrazo. Considera recibido el tuyo y vete a acostar, anda.

Así empieza lo malo. Javier Marías. 


Segundo día (Solo en casa)
sin tener ninguna razón, para salir.

“La vida sin trabajo es ser embajador
de un huerto de dopamina” me digo
-además de darles fuerza
a ciertas frases toxi-tragicas y cursis
que no describen ni descartan nada.

En plena panacea, para una revancha,
me olvido de escribir
con mi habitual apego
a un corazón insurrecto.
Pervierto la memoria
de un instante que corría por mi sangre
y de cualquier cosa
que sujete mis sentidos
en su propia convicción.

Es una digna tontería
medir lo largo de mis brazos
-de la punta de los dedos
a la otra punta de los dedos.
Me aficiono a suponer que la variable
es si quiero que sean grandes
o pequeños…

Dentro de un frágil cascaron, de tal tibieza,
no tengo otra ambición que eyacular;
sé que es pobre,
algo vulgar y hasta aburrido.
Lo sé por qué lo que logro imaginar
se borra enseguida avergonzado.

No hay placer en el dolor
y no hay dolor en el placer,
la ventana abierta resulta en belleza
porque está muy claro que cerrar los ojos
es una tradición de cobardes
que da mucho miedo al temple valiente
en cualquier dimensión de la era…

Cojo, de la ropa que olvidó, los botones;
me estilizo una almohada moderna
y si hubiera manera de regenerar el contenido
de las latas vacías
no me haría falta ni recontar las monedas
ni ser amable ¡una mierda!
con el vendedor que es el mismo en todas las tiendas
a donde venden productos con azúcar nuclear.

Ya no puedo decir
que estoy mejor que cualquiera de afuera,
he gastado muy pronto los niveles de broma
que me permite la niebla
y sin embargo qué bien
tener la puerta de oferta
y que jamás nadie venga.

Omar Alej. 

lunes, 17 de julio de 2017

Desocupado.

Mi nombre es alguien y cualquiera.
Paso con lentitud, como quien viene de tan lejos que no espera llegar.

Jactancia de quietud. Jorge Luis Borges. 


Solo en casa, sin nada que hacer:

Por un breve instante fue extraño
no escuchar las alarmas
con su atragantada amenaza;
despertar y no tener cerca un reloj.
Asumirme un certamen de alevosías
que anima el capital ensueño de la pereza.

Después fue muy dulce,
he vuelto a sentir la brisa fresca
que me hace preferir ciertos tipos de tela,
para enroscarme al dormir de resaca imaginando que estoy
cerquita a la orilla de un río que sigue desde una cascada.

Desocupado;
durante un montón de años
no echaba de menos
el infinito de posibilidades
que hay en la mente
de un desocupado.

Normalmente, no tener trabajo,
me hubiera costado sentir en los huesos
la lenta erosión que a las rocas consume.
Sin embargo -al menos, el primer día
va siendo una pena
a la que nadie hace duelos ni despedidas.

Encamino a los platos sucios
que me recriminan desde el lava-lozas
y encuentro que hay un hueco,
para el vaso que estoy ensuciando con soda;
lleno una cuchara con cajeta
y de pronto es la parte mejor
de mi regresión a la infancia
con pijama y con calcetines…

Tengo un silencio por dentro
que es como si dios existiera y además me hablara.
Sé que es una idea ramplona y menor;
pero se hace más grande con el sonido de la televisión
reproduciendo en bucle los capítulos del Dr. House.

No sé las batallas de un conquistador
y en parte repruebo la sola riqueza como garante
más ahora es el cuento de mi monarquía;
me regocija dejar sonar el móvil sin moverme
y al salir no tener prisa
porque no voy a ninguna parte.

No podrá durar mucho,
en pocos días me vencerá el alquiler
y además querré volver a ese sitio
donde una copa de whisky
tiene el valor de una hazaña
zurcida en contra de la gravedad.

Omar Alej.

viernes, 14 de julio de 2017

Puedo ver que la revolución va a llegar.

[la vida es una droga/que deja/ de hacer efecto]
[con todo mi arte/y toda mi/ técnica nunca se pareció a mí-/ni una sola vez]

Trabajo en marcha. Leonard Cohen. 


Debajo de su andar sobreviviente
esconde el barro en el que hundió
el hueso de una calavera,
porque no era el sabor que recordaba
de sus años en la escuela presbiteriana
ni acallaba el monomotor
con el que arrancan las voces en su cabeza:

Andaba como el filo de una hoja de papel
a través de las entrañas del otoño.

Puedo ver que la revolución va a llegar
y yo todavía estaré
eligiendo el frágil sustento
con el que amortizaré mis dudas al respecto
de las banderas que han de llegar después del ocaso;
al que nos acercamos con temeridad y angustia
y casi a punto de correcta sobriedad.

Un hombre como mortero de la muerte,
lleva en la frente sendas y sangre
cuando el camino y la guerra descansan.
No es un tributo al cine moderno.
Lo encendí con mis ojos,
apenas pude ignorar la inclemencia
y quedarme dormido, de pie, calle abajo:

Se le saltaban los huesos de los pómulos
y los artistas actuaron al declararlo su lucha.

Puedo ver que la revolución va a llegar;
probablemente me encuentre
extraviado en el fondo de una novela negra
de la que no pueden salir
las horas perdidas de las revueltas en París.
Tengo ilusiones como cualquier perro tonto
y una vez instalado el nuevo orden
querré ordenar esos platillos que antes
no hubiera podido costear
debido al gran acto fascista.

Le están cayendo pelotas de hielo
porque graniza el infierno;
pero su mollera es un casco más duro
que el peor acero alemán.
Alguien lustró sus botas.
Por como duerme diría
que tiene tiempo viviendo
sobre la tierra y debajo del agua.
Es un dulce animal que persigue
a los centauros de la caballería,
sin saber de qué bando era él
y de que horizonte llegaron los otros:

Detrás del muro de cristal se le ve;
pero no es visible la pared transparente…

Puedo ver que la revolución va a llegar.
Todos hartos de pedir volverán hacia las cuevas
y en el uso de la fuerza será derribado
el faro que ilumina la torre de control
a donde se vigila la mía-tuya, libertad.
Para pobres como yo es una pena;
si ya nadie me quería con razones,
para ser mejores gentes
¿Qué me harán cuando esto sea
lo que estaban esperando a que llegara?

Omar Alej. 

jueves, 13 de julio de 2017

Estrella extraviada.

Como llevaba trenza
la llamábamos trencita en la tarde del jueves.
Jugábamos a montarnos en ella y nos llevaba
a una extraña región de la que nunca volveríamos.

Así nunca volvió a ser. Ángel González. 


Quédate aquí,
estrella extraviada;
caíste veloz sin poder darte cuenta
de que has caído en mis manos
a tiempo…

En poco hará calma,
no te molestes en explicarte;
sé qué empezó con la cortina
que era de agua
cuando el reloj cambió los días.

Sigue encendida,
estás hecha en flamas
y he hecho mis manos;
son para abrir un hueco en la hoja
y dejar que salga tu cama
de flores violetas:

Llámalas Lily´s.

Bien, bienvenida.
Me has recordado
a que no me olvide
que entra la luz;
queda una sombra
guardando el vino
de una ternura.

Rojas cerezas,
azules globos llenos de espuma
y tu nombre sea lo que encontré
en las paredes del laberinto.

Ya pasa el miedo,
la noche lo lleva consigo
a ver al santo de las barricadas,
puede ser breve sentir la piel
y hacer un rayo, tronar los besos;
pero las líneas sobre las calles
que hace tu cuerpo…
para encontrarte fue para siempre.

Nada tenía marcas de nadie,
justo es que hoy, contra el cristal,
se pueda ver a una ciudad
que se despierta contigo yendo
de aquí y de allá.

Sigue llegando.
Eso es el fuego,
lo que está al fondo
y sigue llenando
al mar de historias
sobre la estrella
que bajó a verse
en el reflejo del río que corre,
interminable,
hasta el origen del universo.

Omar Alej.

miércoles, 12 de julio de 2017

Era un amor cotidiano (Cachorro de león).

“Y te vengo a buscar, aunque sólo para verte o hablar,
porque requiero tu presencia,
para entender mejor mi esencia”
Y te vengo a buscar. Franco Battiato. 


Éramos uno y el otro,
una pareja de lo más normal;
lo familiar y cotidiano:

El resultado contra el azar.
(Ella vuelve a la ciudad
de niña quiso escapar a ver el mundo.
Pretendía atrapar el alma de la humanidad en un segundo,
con su vestido oriental y sus zapatos de cristal en la maleta)

Me emborrachaba
mientras miraba dormir
su lado más feo
sobre una almohada de alquiler
que solía hacerse cal
con el primer rayo de sol;
yo la amaba del modo idiota
que hace pensar y querer guardar
lo que puedes perder, para siempre.
(Demasiados hombres rudos la dejaron olvidada en la cuneta).

Le debía respirar
y también, por arte de magia,
suspirar al terminar de descender de un tren de auxilio;
acercarme a mi vida
y sentir que tenía el derecho
de vivirla porque sí
sin tener culpa
(Ella quería mejorar, dejar atrás la cobardía y los temores.
No sabía empezar, demasiado tiempo andando entre las flores).

Atacábamos  
cada breve grieta en el tiempo,
para aprovechar cada frecuencia
y dedicarnos a esa que era
una canción en realidad conmovedora
(Una vida imaginaria adaptada para cada situación.
Sin verdad, sin novedad, sin sobresaltos, sin dolor, sin corazón).

No lo sabe porque se iba a con las playas
a contarse los lunares
que la luna le heredó por ser morena;
me dejaba introvertido, sabiendo
que a este día llegaría sin aviso
y sin dejarme hacer las compras de pánico:

La noticia es lo otro,
lo que nunca llegas a saber.

(Todavía hoy,
detrás del espejo
intuimos algo bueno y fiel.
No más decepciones
ni desilusiones,
solo calma y claridad
y mirar a los barcos pasar)

Su pasión fue un claro del cambio mayor
teniéndola infiltrada desde adentro
(Ella por fin maduró;
dejó las drogas y el alcohol
y ahora es artista).

Hace un tiempo que no está  
y es sencillo deducir por qué
al final me quedo yo.
(Pero nada de novelas de autor
ni de canciones de folk, o rock
que va).

Era típico el disparo
y gritar que no podrían detenerme
si llevaba el pecho en vena
debajo del ridículo albornoz;
mientras que ella me tentaba
si decía que no era un Rolling Stone.

(Tiene un cachorro de león
y es una perfecta equilibrista
Un hombre bueno la observa desde abajo
La mima y la protege
Y hace todo el trabajo
Cada día cocina para ella con amor
le cuenta historias de terror
y toca el contrabajo.)

Y yo nunca me cuidaba,
me caía de las lianas
y mis fuerzas eran celos y venganzas y apatías:

Lo normal en un norteño
sin escamas
(Naranaaaa na nanaara nara na nara nara naaaa
naranaaaa na nanaara nara na nara nara naaaa
naranaaaa na nanaara nara na nara nara naaaa
naranaaaa na nanaara nara na nara nara naaaa).
Coque Malla/Omar Alej.


martes, 11 de julio de 2017

Me proteges.

En cuanto al otoño
hace tiempo que empezó:
No puedo parar la lluvia
No puedo parar la nieve.

El Objetivo. Leonard Cohen.


Me despierto a media noche
padeciendo un noticiero;
con un golpe de memoria
y lo primero es saber a dónde estás,
si estás tranquila.

Para bien y para mal,
he cruzado el centro de la multitud
metido en una jaula.
Estos ojos
han grabado, a cada pieza de pan,
la cara incendiada de los que tiraban piedras
y pedían por respuestas que nadie conocía
aquel que era un niño obsesionado
por llegar a hablar profundo.

Salgo al patio
a caminar en medio metro
de impaciencia mientras fumo;
no puedo evitar reconocer
lo vulnerable que estoy siempre,
cada día a cada hora,
en cada intento por salvarte.

Se me vuelve soledad
pensar que andes por ahí
estando sola
y que las garras del feroz tiempo pasado
excavaran en tus huellas
hasta hacerte padecer en cada instante
del futuro…

Tú igual juegas,
subes hasta el templo de mis miedos
tu sonrisa y vuelves todo otra mañana;
la imposible, la que gana el corazón
y luego canta en sus canciones El Cartero.

Me das brillos que juntaste con toda palabra
de un idioma universal  
y luego ordenas que aparezcan los poemas
desde el este hasta el oeste, provenientes
del estuche de juguete
en el que guardas la poción con que maquillo
mis vergüenzas.

Caen las bombas, amenazas,
los cuerpos a la tierra
y tú al tanto.
En la plena oscuridad de una marea
de centrifugas deidades
haces venir al camarero
y pides whisky, para mí,
con toda el alma.

Omar Alej.