viernes, 24 de noviembre de 2017

Te caíste de mi abrazo. Nunca fuí poesía.

Va a ser diferente
Algo peor
Algo más ridículo
Algo así
pero más corto.

ESO ES. LEONARD COHEN. 


Te caíste de mi abrazo.
Nunca fuí poesía;
solamente manos
que soñaban otras manos
y con esos sueños
que esas otras manos
tal vez escribían.

Te caíste de mi abrazo,
resbalaste como un pez
que fuera espuma
y más que frío fue patético
seguir abrazándome
en presencia de tu ausencia.

Te caíste de mi abrazo,
amor.
Te llevó aquella locura de la calle,
muchachas en bicicleta,
montañas por paredes,
horizontes por cocina,
ambulantes cada sábado a la una,
vendedores de pescado,
mostradores de abarrotes,
cancilleres de la plomería,
niños de otros  
y la inútil ropa blanca.

Te caíste de mi abrazo
y que fuerte se sintió
aquella abducción;
la hizo el centro de la tierra
y nos mostró que bajo el cuero de la nada
corre el agua satinada
que se cae de tu cabello
cada vez que llueve
y la inocencia te convoca
a su partida de tarot.

Te caíste de mi abrazo,
regresé en una extinción;  
después, solo, me di cuenta
que mi soledad ya no tenía
ni las vías ni los trenes,
para irme por las noches
a la luna que los gatos
regenteaban con ofertas
de pezones pelirrojos,
piernas largas y alfileres,
para hacer del corazón una mazmorra.

Te caíste de mi abrazo,
te fallé sin la menor alevosía.
Yo quería sostenerte
ir contigo hasta el último viento
en un ala de láser;
pero en las piedras
que incluían mis zapatos
venia sed y sacos vacíos
sin harina.

Te caíste de mi abrazo
y ahora tengo todo esto…
hago mío el monocordio,
la estampilla de Lujan,
el color de la bandera hermafrodita,
los saleros de las mesas,
las pantorrillas del alma del dinero
y a las ventanas que se ven a través de la ventana.
Hago mío a todo el mundo,
a cada cosa: lo que va y lo que viene,
la marea;  
pero yo me quedo tuyo en un abrazo
que te doy por la espalda.

Omar Alej.

jueves, 23 de noviembre de 2017

Yo iba a ser poesía.

Pero yo admiraba a los comunistas
por su terca devoción
a algo totalmente erróneo.

ENTONCES TAMBIÉN ACABÓ LA FIESTA. LEONARD COHEN. 


Yo iba a ser poesía
y a cada cosa nombraría
como al fruto de tu cuerpo
a través de la pantalla…
lo iba a hacer por ti,
porque llorabas sin fingir ni la tristeza
y algo -de fondo, me decía que buscara
las palabras que al final ayudarían
a saber dónde habían ido
tus dos padres al dejarte
como a un ángel en la iglesia.

Suponíamos que hacer
nuestra casa con los dedos enlazados
era igual que ir al trabajo
y conseguir todo el dinero
necesario, para ver frente a nosotros
cada luna de Saturno
y continuar fuera del miedo
a los fantasmas de la gravedad;
como van los astronautas
caminando en la vereda,
a dos estrellas de distancia
del final del fin del mundo.

Yo tendría que poder
cubrir los filos con navajas,
desbordar los sordos ruidos de la ira,
subir al cielo los azufres,
cubrir las playas con medusas,  
ahogar del mar al pescador  
y seguir la noche entera
navegando hasta la paz
que hace su fiesta mientras duermes
y no sabes que hay afuera
dos mil tropas que amenazan
con llevarnos a través de los abismos
y cambiarnos por el gesto
más amargo.

Yo quería escribir,
aquella vez, dentro de ti
y demostrar que era el momento
de lanzarnos a correr
una carrera reversible.

No logré juntar el tiempo
ni la fuerza que hace falta,
para dar con el silencio mejor dicho.

Me perdí soñando el pan,
robando el higo.

Ya no pude rescatar aquel futuro
del domingo  
y aquí al borde de tus pies
me hago ceniza
como todo lo que arde.

Yo te amaba y no dudé
que todavía te amaría
al partirme como un canto
que va arriba
y se sumerge hasta el fondo
de tu vaso;
cuando estas bebiendo río
y una flor nace en el cactus
de tu ombligo.

Perdona si no puedo responder
a tu pregunta
¿qué cosa era la poesía?

Yo tampoco he comprendido
qué me llevo yo de ti
ni cuánto se quedó contigo.

Omar Alej. 

miércoles, 22 de noviembre de 2017

Si llegas a los 53 no hables de los 35.


Todo era huir.
Todo era resucitar.
Todo era calcinarse al sol, junto a un palo.

Guerra. Martin Rodríguez. 


No sé lo que dicen
los diarios de hoy,
noviembre veintiuno
dos mil diecisiete;
pero yo puedo advertir
que me entero muy poco
-aunque las temo a todas-
de las cosas que pasan.

Una vez me rompí la nariz
por seguir el olor
de un pastel de manzana;
desde aquella ocasión
no me resulta muy fácil
prescindir de mi ojos.

Con sueños tramposos
me cubro y camino,
no es lo más valiente;
pero tengo frío
y la timidez
que me hacía resentir la ansiedad
ha llegado al exceso.

De cualquier manera
sé que ya no puedo quitarme
la sensación del hielo
que oprime en el centro
de mí desinterés.

Me saque las esquirlas,
he creído muy alta
cada marca de respiración
y respondí, negando con la cabeza
a los que pedían voluntarios,
para buscar a través
de las arenas movedizas.

Después de mucho quererlo
encontré los secretos
y la guarida de lo que yo quería.
Los pequeños minutos
que esperaban por mí
estaban listos, para reír y llorar.

Con un cuchillo de madera
tallé en una roca
tan solo la sombra de mi ambición;
creo que he conseguido un hueco en casa
que ya no practica el destierro
y que ya no pido con tanta pasión,
para que el mundo se acabe.

Al final es verdad
que a la belleza le falta, siempre,
una corona de fuego.

Todos parecemos una mala versión del otro
-eso dice el profeta,
y entonces el otro desea que se acabe…
no hubo nadie que me advirtiera de eso
y he llegado a saberlo
por mero acto de coloración.

Ya no hay nada que me convenza
de lo contrario:
La grieta está ahí
y muchos estamos preguntándonos
dónde.

Como no soy el único,
y como hay ciertos insectos
que no discriminan entre la vida y la muerte,
ya no sospecho por alegrarme de estar
sin maldecir a la suerte.
Buenas noches, dulces sueños
y mañana otra resaca.

Omar Alej.  

viernes, 17 de noviembre de 2017

Días tan luminosos (Que nos dejaron ciegos)*

Estamos extraordinariamente tranquilos y tiernos el uno con el otro
como si pudiéramos sentir lo desvencijado de nuestro estado mental.

El regalo. Raymond Carver. 


Tú lo has visto todo,
los Alpes, Noruega,
fotografías de Estocolmo,
fotógrafos desnudos,
pirómanos bebiendo leche,
modistas y no costureras,
la peluca de un cadáver,
una falda sobre el piano,
ramilletes de pastillas fluorescentes,
a un avión abandonarte,
una lancha de juguete entre tus piernas,
un negro en San José de Costa Rica,
el colon de tu padre dentro de un frasco,
el apartamento de Billy Wilder,
pájaros peludos,
ratas emplumadas mexicanas,
teorías en papel sobre el amor,
las ingles de un inglés
y hasta el fondo de mi vaso.
Porque ves lo has visto todo;
pero en todo siempre están
los cuatro elementos
y eso es lo que no ves
porque te pierdes
dentro de tu mirada,
mirando el cielo blanco
en la azotea
de las olas amarillas.

No quiero asustarte;
pero será duro.
Ahora ya sabes
que más peligrosa que el olvido
es la memoria.

Aquella noche,
la noche, la nuestra,
es la historia del mundo
y en el mundo hay hermosas ojeras,
gatos destartalados
que llegan del norte
a despertarnos de miedo,
dulzuras que agravian
a las mezquinas pasiones,
momentos de aire
como la risa y como los pechos
que caben justo en las manos.

Mañana después,
Días tan luminosos
(Que nos dejaron ciegos),
cambian por anzuelos los peces
y tejen a las caricias
una armadura de escamas
importadas desde la corte
del Rey Lear.

Porque la ruina imposible
la previene el sol,
es la más cruel
de sus credenciales;
pero la luna en despecho
resguarda pequeños charcos
de lluvia
que están volviendo a brotar
en mitad de un desierto
al que nos dio por llamar
oasis.

Perdona si estas
de regreso en la calle,
tras ilusorios motivos,
con el cuchillo en los dientes
y sin permiso a bajar
del taxi amarillo.

Ya ves que solo el tiempo
es para siempre,
eternidad.

Omar Alej. 

jueves, 16 de noviembre de 2017

Omar Alej. ( Lo cotidiano )

Todo el mundo sabe que la Velvet es el mejor grupo del mundo, John Cale está también de acuerdo.

(El País: Articulo/Magia y Pérdida/2013). Ray Loriga.  


No lo sé.
Tal vez esté mal que sea tan personal,
que ponga las calles que yo pude ver
pero que no puedo demostrar
porque bajaron hasta la tarde,
donde creí llegar
y en realidad se iba.

Quizá cuando araño
y simulo la extensión de los verbos
no consigo decir que es deseo
ni que tengo prohibido
dejar de quererla…

Oferto mi anhelo,
intuyo algún sueño
que soñé despierto,
palabreo mi adentro
por si afuera hace frio,
sugiero algún pez
que a su vez sea un buen hombre,
cabalgo en el río;
aquel al que iba de niño
y ya se ha secado.

Digo de mí
y solo lo mío,
mis uñas, pestañas, dolores…
la tensa alegría
de ignorar cómo diablos
se llega a sentirse feliz
más allá de un instante.

Debe ser por eso
que no cantas conmigo
la torpe canción
que ahora estoy cantando.

Hasta aquí
y hasta ahora
no he podido escribirte
más allá de esta cara
que uso como espejo
y tú no te ves
en el reflejado.

Afuera de estas palabras
hay un amor que se va
y que se despide
abrazándote quieto,
con temor a moverse
y acusando de frío
a todos los veranos.

Allá,
en otros lados,
está pasando la vida:
un <<hola ¿cómo estás?
volvamos a vernos>>
pero yo me guardo.
Solo digo
<<Qué miedo,
qué extensa
la infinita manera
de reproducirnos>>

Y también dije luna.

No lo sé.
Tal vez está mal que sea tan personal
y por eso no podrás
sentirte acompañado
al leer que estoy tan solo
como tú.

Omar Alej. 

miércoles, 15 de noviembre de 2017

Un par de enamorados (al calorcillo del fuego sagrado de la costumbre)

Huye la tarde en mi prisión
Una dulce lámpara arde
Estamos solos en mi celda
Bella luz razón adorable.

Prisionero sin horizonte. Guillaume Apollinaire.


Un par de enamorados,
eso piden las fuentes
cuando el responsable de limpia
va y les saca las monedas.
Un par de enamorados,
haciendo las horas largas;
perros de la calle,
gatos marineros, 
porno en la probeta
y pus en la epidermis.
Un par de enamorados,
eso dictan las ideas
al gracioso peregrino
que hace brincos;
ahora en la canción,
mañana en la pintura.
Un par de enamorados,
por la fuerza de mil demonios,
por la parentela de seis mil millones
de agnósticos
y al calorcillo del fuego sagrado
de la costumbre.
Un par de enamorados,
justo afuera de mi casa,
con las piernas deliciosas,
destacando la cintura
y el rubor en mi nostalgia.
Un par de enamorados,
de eso tratan los tratados,
constituciones, himnos, manifiestos,
La cábala, el Corán y el Antiguo Testamento.
Un par de enamorados,
eso estaba pasando
en la película de tus ojos
cuando te cerré las piernas
con un beso
y picaste la humedad.
Un par de enamorados:
Ella se acerca, para besarlo,
Él se cae del columpio
que le hizo su madre
cuando estaba por cumplir
los cuarenta años.
Un par de enamorados,
bajo el asfalto,
a mitad del asfalto,
a un lado del asfalto,
vertidos sobre el asfalto;
siendo asfalto.
Un par de enamorados,
jaloneando una canasta de huevos.
Un par de enamorados,
mirando cuadros de Pollock
en las claras y en las yemas
de los huevos reventados
sobre el asfalto.
Un par de enamorados,
suicidio hermoso,
terrenal y sin dolor.
Un par de enamorados,
justo ahora,
justo ayer,
justo mañana.
Te lo tengo que decir.
Hay un par de enamorados,
cada uno de nosotros
se parece a ti.

Omar Alej. 

martes, 14 de noviembre de 2017

El singular espectáculo.

Allí, preso en la torre,
Pasaban muchas cosas,
Y curioseaba unos papeles antiguos.

La fe. Mariano Peyrou.  


La Niña lo miro sentarse de costado
y entonces le pareció una especie
de agua dulce con tentáculos
que rodeaba aquel hombre de metal
llamado estatua.

El singular espectáculo
carecía de simple vista y ambición a la vez.
Su tema preferido era el silencio.
Un aro triangular salía de un cuadro.
Tenía anclas por tatuajes
y bostezaba premeditadamente.
Nunca nada fue del todo cierto;
pero La Niña era la única invisibilidad
que lo miraba.

Asustado por la vista
que no podía encontrar
en ninguno de los espectadores,
que sentía le limaba asperezas
y le daba un ángulo a colores,
desenvolvió sus manos
como si fueran contenidas
en un sobre
y las probó como si fueran
leche agria en tubo de ensayo.

En cada parpadeo presentía ser llamado
y La Niña lo llamaba.
En el lago del espacio
que abordaban sin la vana sensación
de comprenderse,
le pedía que cantara,
que silbara, que exhalara,
que mirara ese botón que le colgaba de la manga,
que moviera las dos cejas,
que apretara sus cordones
y desatara ese camino allanado
por la espera y por ningún lugar posible.

Era extraño que él oliera
a ese perfume de la infancia
porque en realidad no olía a nada.
No había esencia más allá
de que parecía estar a punto
de echarse a volar
con la misma vulgaridad de una paloma.

La Niña me contó que lo estimó
hasta la violencia,
que siguió con la tortura
de mirarlo sin que él pudiera verla
¿Alguno de ustedes ha escuchado
a una niña de ocho años
predecir a su destino?

Es como acudir a un aquelarre
y ser el único ahí desnudo.

Omar Alej.