lunes, 22 de mayo de 2017

Al descubierto.

Pero esta vez
el chico no se siente infeliz
con su infelicidad.
El asunto del cigarrillo. Leonard Cohen. 


Qué mañana más terrible
y familiar,
toda llena de minutos.
Un momento
todo en partes
sin ninguna conexión…

Cuando siento que es posible
ser feliz y continuar,
tener ganas y hacer fuerza,
no dudar
y abrirme el pecho sin recelos;
siempre es otro el que lo siente
o ya me he ido.

Como duele mi hombro izquierdo,
de ese lado un oído
y media espalda;
pero no mi corazón, ese no duele
porque sabe que está todo por partirse
y sanará.

Se hizo cierto el terremoto
que creí haber soñado,
llegan tarde muchas pistas;
pero un crimen no prescribe
y el sabor de la venganza  
será grato e indiferente.

Poco importa
cuando sabes que uno mismo
siembra el germen de la intriga
que vendrá después por ti.  
Lo que dije que dolía
ya no es nada,
me bastó con agua fría:

Solo aire que uno aguanta en el fondo.

Hay, de un día para otro,
mil nuevas definiciones
de la propia estupidez.

Y el dolor nos sirve,
para darnos cuenta
de qué tan lento vamos
cuando decidimos ir a prisa
sin querer admitir que los cristales
que nos rajan en la planta de los pies
han subido hasta ese punto de la mente
en el que algo más que el sueño fracasó…

Ya no hace ninguna diferencia
que estuvieras acorralada,
tampoco aquel amor
por el que pagué con el trabajo
de una vida.

Siento odio
y si esto ayer era otra cosa,
podré cambiar y acostumbrarme.

Omar Alej.

viernes, 19 de mayo de 2017

Un Corazón Deep Camboya (Raiz de Plata)

Si estuviera muerto,
me recordé a mí mismo, no las
estaría comiendo. No es tan simple.
Es así de simple.

Simple. Raymond Carver. 


Un corazón Deep Camboya,
lo encontré succionando de un faro
en una noche sin luna.

Hoy ya lo sé,
lo dejó ahí tirado el cuarto rey mago
del que nadie habla porque era discreto
y además se perdió de camino a la estrella
por detenerse a mirar en un burdel del camino
con las cortinas abiertas.

No ha sido bastante,
para hacer fortuna
o negar mis miserias;
pero tiene un motor que echa risas,
que juega a los dados
y dice que viste al último grito
del miedo al silencio.

Es el espejo donde reflejo los sueños
que antes iban desnudos
y ahora están lejos…

No es de nostalgia que muere
y a veces da con el punto más frágil
del futuro imperecedero.

Un corazón Deep Camboya;
uno que da sin pedir nada a cambio,
bobo amiguete de todos los bobos
que hacen con su mierda
un homenaje a la mierda que nos dejaron otros.

Sin más orgullo que el suelo
por el que saca a pasear su escondite;
quiere llegar a la copa
de una gota secando en un agujero.

Hay ciertos sitios de la ciudad
donde no puedo dormir.
Dando vueltas entre las telas,
del mismo insomnio de siempre,
bromeamos a que es un barco acabado;
que yo soy el último viaje
y ahora le toca hundirse.

Pregunten,
hay quien lo vio
y ya no ha visto jamás nada igual:

Tiene espolones, escamas, colmillos
y porque es de poesía su esencia
padece un par de alas gigantes.

Un corazón Deep Camboya
contra los males del tiempo
y en el favor de seguir.
Una trinchera repleta con gestos
de fornicar y vivir
como si hubiera un alma,
para lo roto y enfermo.

Omar Alej.

jueves, 18 de mayo de 2017

A Omar Alej. (Modo Trinchera)

Yo ya no lloro.
Ni siquiera cuando recuerdo
lo que aún me queda por llorar.


A orillas del East River. José Hierro.


Decidí seguirte a ti porque ibas solo; si tan solo pudiera escribir de la misma manera en la que recuerda Ismael a un mal-logrado Ahab.

No tenías medalla alguna y tu pasado se abría a constelaciones lejanas que ningún astronauta podía ni siquiera soñar.

Eras tan frágil que al verte los niños pensaban que quizá fuera un árbol la sombra que se iba moviendo al ritmo de un tambor de batalla.

Tu mirada calmada le ponía al edificio vecino una corona de soles que atestiguaban la muerte de una parte interior que no podías enterrar.

No saludaste al profeta ni apareciste a firmar las demandas de los pactantes de paz y de guerra que pregonaban los tiempos futuros del cambio.

Habías seguido la espera del mar por el río y acataste la imagen de tu pequeña libreta sangrando tinta sobre las piedras quebradas.

Tu despeinada capa se recostaba en la tierra besando el calor y la lluvia era un juego entre los vientos de lejos y todas las rejas cercanas.

Paso a paso cruzaste el apedreo y la infamia; mientras que en tu socorro todos los fósiles despertaron de su condición de energía.

Baile que bailas sobre las máscaras…

Si hubiera un fondo en el mar vendría cubierto de piel, de tu piel.

A cuánto más que dijera tu nombre cambiabas de especie con los animales; porque sabias que con ellos podías contar y cazar lo que cae de la luna.

De una tristeza sembrada en tus zapatos azules, un rocanrol de ternura que hacia mudas sirenas de ambulancias y patrullas.

Yo estaba espiando detrás de una enredadera y tú mirabas de frente, sobre los ojos de un espejo que había caído en desgracia.

Pude llamarlos mentiras, todos tus largos silencios y nada pareció corromper a las sales que ibas lamiendo del suelo que ahora estaba inventado por ti.

Estoy dejando de ser porque fuiste una rebelión petrificada en su causal y agonía.

Las decadencias te piensan y se consuela sabiendo que estas por ahí, en algún sitio, sin conocer el regreso.

Mi otra mitad era antes una imposible versión de los hechos; pero mudaste de esquina la pena y me han salido agujeros de balas que no me mataron.

Cuando alguien no sabe los resultados de ir sumando las manos, los pies, costillas y la cabeza; le sucede poder desvanecer al gigante:

Quedó reducido a un cuerpo de cobre por el que pasan fracciones de una envoltura que envolvía una venganza.

Decidí seguirte a ti porque ibas solo; estar más allá, estando clavado en mi propio destino.

Omar Estrada.

miércoles, 17 de mayo de 2017

Reality Show, literario.

«Un tipo duro, un bailarín indefenso. Un romántico, ¿soy yo por un momento? Un maldito lunático, te llevaré el equipaje. Un mendigo, un hipócrita, el amor reina sobre mí»
Pete Townshend. (Quadrophenia) 


Demasiado cobarde,
para encontrar la diferencia
entre el libro que leyó cuando niño
y lo que cambia en el tiempo
sin progresión ni sentido,
escribe.

Demasiado cobarde,
para admitir si es que no vale la pena
o lo vale…
escribe.

Demasiado cobarde,
para quemar la ciudad
que dice que lo arruina
y montarse en un tren
hacia el centro de la hoguera
de alguna otra ciudad
que arruine a algún otro,
escribe.

Demasiado cobarde,
para enfrentarse a los miedos
y hacer el amor
como quien nunca lo ha hecho
de espaldas al duelo
de una hipotética ella,
escribe.

Demasiado cobarde,
para admitir lo que sufre
en busca de ser feliz
llevando a cuestas su pena…
escribe.

Demasiado cobarde,
para un golpe en la cara
de mano del marido
de una mujer vestida de rojo,
escribe.

Demasiado cobarde,
para salir sin servir
a la ponzoña que lo reclama
por dentro,
escribe.

Demasiado cobarde,
para sentir que estar roto
sirve también de reparto
a todos aquellos
que buscan volver del olvido,
escribe.

Demasiado cobarde,
para creer y confiar
en que las manos de alguien
están buscando estrecharse
en las manos de otros,
escribe.

Demasiado cobarde,
para ser natural  
y volver al asombro,
escribe.

Demasiado cobarde,
para alejarse del fuego
que lo esclaviza a seguir
alimentando su llama,
escribe.

Yo hago todo eso que no hace,
lo hago muy bien
y además escribo
y encima lo hago de puta madre.

(Claro, eso es en el papel.
Porque todo lo escribo)

Omar Alej. 

martes, 16 de mayo de 2017

Sabré, sobre mí, apenas nada.

El cuerpo que cacé
Me cazó a mí también
Mi anhelo es un lugar
Mi muerte un velero.


Misión. Leonard Cohen.


Sabré, sobre mí, apenas nada.
Hoy perdí esa objeción, otra vez.

La sola envoltura de un dulce
tirada en la calle
y ya estaba apagado.
Condenado al constante diluvio
de dioses que antes de caer
arrancan del cielo la luna,
para dejarla en pedazos
entre los diablos de abajo.

Me gustaba la mar,
no la playa:
es justo decirlo
aún si fue una renuncia.

Disfruté con los besos
y sé que me hice besar con las palabras;
algunas muy ciertas, que no se dijeron
porque estaba claro el final
detrás del brillo de abril.

Cuando has visto brotar a los días en partes de rayos
y de colores
y de pasiones
y de hojas verdes
y de caballos sin montura,
uno debe decir que es un espejismo saberse.

Estaba preparado, para dudar
y ahora solo vuelvo a fundir la moneda
que giraba...

No estoy acabado por eso,
atesoro una piel
que me nace otra vez,
alérgica a ser
cualquier cosa que sea:

Maldición es morir por tan solo un momento.

Sé que nada resuelve
mi espíritu roto
buscando esa parte
que siente le llama
con toda la fuerza
de mi corazón.

Uno va hacia adentro,
escribe del foco
y de una ciudad que nos recoge
como el lomo de un lagarto descompuesto.
Intenté oponer gratitud,
interferir las sombras
con diminutas esquirlas
que alguien sacó de mis ojos.

Me gustaba intuir la columna
de la canción de los ríos;
pero hoy sé que fallé
en todo lo que puede fallar
uno cuando busca.

Sabré, sobre mí, apenas nada.
Hoy perdí esa objeción, otra vez.

Omar Alej.



lunes, 15 de mayo de 2017

Montañas.


<<Te amo tanto >>
Lo dice así,
sin puntos suspensivos
y sin ninguna alteración.
Yo estoy durmiendo todavía;
pero la escucho
y lo que ha dicho despierta algo…

Si pienso en eso,
en lo que valen sus palabras
no me entristece tanta tristeza.
Puedo con días que son amargos
y hasta malditos.

Vuelvo al pie de aquella hoja
de un árbol viejo.
Donde decía
que continuar,
eso es la vida.

Son tres palabras;
pero en su voz
adquieren el cariz de algo importante,
mucho más grande que tantas dudas
de mis instintos.

Mírame aquí,
ya habiendo hecho media jornada
y sin embargo aún en la punta
de las montañas que ella me dijo,
para que fuera:

<<Te amo tanto>>.


Omar Alej.

viernes, 12 de mayo de 2017

Oda a la gente que yo conocía.

No existe arma de mayor precisión; y para defenderse, con una defensa instintiva, de la angustia de la
exactitud y de las claridades reveladoras, se obstinan las gentes en confundir la poesía con la
mentira, la viveza de espíritu con la paradoja.
El poeta es exacto. La poesía es exactitud. Jean Cocteau


Uno, en caso de terror, se recrea en seguir
y en el mundo había gente de gran excentricismo,
con maneras imposibles de abordar la situación…

Podía darme cuenta dónde estaban,
quienes eran y que daban buena onda
con aquel que no sabía distinguir
del impostor o de ese pez asustadizo;

Eran todo cuanto un niño había soñado
que era parte de los sueños.

Conocí a un chaval gallego,
de nombre Artaud, adorador del mar
y alérgico a los pulpos.
A mí nunca me estreso la manera en que bebía
solo vino del peor con agua sucia de los charcos.

No es un mito aquel soldado retirado
que a la sombra de las ramas,
de lo que antes era un árbol,
me contaba que había entrado disparando
en los jacales de una tierra que era negra
y que picaba de calor.
Por la noche –decía él- los fantasmas de esos muertos
le mordían las uñas de los pies.

No iba solo –iba contigo-
cuando vi a tres viejas prostitutas que curaban de la pena
a un borracho de bolsillos descocidos
y sin forma de pagar por los recuerdos
que aquel trio -hecho una suerte de enfermeras,
le contaban y así darle una razón,
para volver a sonreír sin la vergüenza de tres dientes
que en la boca le faltaban.

Amé a Néstor,
un maestro de las dudas
que dudaba por aquello y por esto…
no salía porque iba de pastillas hasta el rabo
y se ahorcó en una fiesta
con el hule que tenían de cortina en la bañera,
miserable hijo de puta: hoy lo extraño.

“Rojo”, el Caddy,
no era el mismo que había sido;
lo noté porque su amante se extrañaba
cada vez que me pedía
que me fuera yo con ella a la hora de dormir.
Su mujer era una amiga incomparable, para él.
Me lo dijo cuando vio que me había hecho una suástica en el pecho
con navajas de afeitar que se habían oxidado en el invierno
en que su padre no volvió de un viaje a Europa.

Cero, Kar y Lucas, eran músicos de culto protopunk´s y narcisistas.
Se tenían por caídos de la viga que conecta a dios con el infierno
y preferían comer arena a salir en la NME;
por supuesto que seguían sin llenar ninguna sala.
Sin embargo a quien le importa…

Conocí a ciertos hombres,
me encanté de inciertas chicas.
Me cuide de Jim el lobo.
Le presté mi americana a un astronauta que tenía mucho frio
y ni hablar de Mirtha Tux “la coctelera”;
pero siempre he sido un mentiroso.

Podría ser que nada fue de esa manera.

Omar Alej.